Escribo esto desde un lugar suspendido, un espacio donde las cosas se han ralentizado y esperan a que una gata deje de respirar. Mei y yo nos conocimos el 7 de septiembre de 2012, cuando mi amiga Lorena la trajo a mi casa después de haberla encontrado abandonada en una urbanización de Guadalajara. Yo acababa de independizarme y entendí que era el momento para acoger al animal que había querido tener cerca desde que era una niña. La primera mitad de 2012 fue oscuro y melancólico y la llegada de Mei dio aire y luz a una habitación llena de fantasmas. Estábamos tristes y nos sentíamos abandonadas, pero estábamos juntas. Y el vínculo creció fuerte y sin esfuerzo, como si ya nos conociéramos de antes, como si supiéramos querernos desde siempre.
Podría intentar hacer memoria y contaros qué fue de nosotras desde el otoño de 2012 hasta hoy, pero son muchos años y casi todo está borroso, parece que han sido muchas vidas en una y no tengo ni tiempo ni hueco para escribir aquí todo lo que pasó. Sí puedo deciros que Mei estuvo a mi lado cuando en 2015 nos mudamos a una casa nueva, cuando conocí a Jose en 2016 y cuando adoptamos a Elliott dos años más tarde. Puedo contaros que hace un mes empecé a ver a Mei distinta, la llevé al médico unas cuantas veces y aunque parecía que todo estaba bien yo sabía que algo estaba cambiando. También puedo explicaros que hace una semana le diagnosticaron una enfermedad terminal y que ahora estoy esperando a que me dé señales claras de que está preparada para marcharse.
Mientras tecleo, me muerdo todas las uñas y observo a Mei en la distancia, que dormita tranquila en un sillón. Me pregunto qué será de mi vida cuando no esté, si el vacío inmenso que va a dejar dejará de doler algún día y si se acordará de buscarme en nuestras próximas vidas. Pido al universo que por favor nos enseñe el camino para que algún día volvamos la una a la otra, aunque no tengo demasiadas dudas, porque, al fin y al cabo, las amigas del alma están destinadas a encontrarse.