Mensual

El poema de un mudo

He visto lo poco que pesan esas piedras… y me han reconfortado. Ya lo dice el refranero, que mal de muchos…., en fin.

Llevo 3 meses tratando de escribir algo para poder publicar en Vemodalen y no he sido capaz. 3 meses que he tenido que aceptar que no siempre se tienen recursos suficientes para salir adelante. Mis compañeras/o han pagado el pato retrasando por mi culpa sus propias publicaciones, así que todo tiene un límite.

No me resigno a esta sequía, pero lo que no puedo hacer es ignorarla. Así que más vale un quejido escueto que el poema de un mudo.

Lo poco que pesan todas esas piedras

Aquel septiembre decidí que ya era hora de tomarme en serio lo de escribir. Sabía que quería contar muchas cosas, intuía que no le iban a interesar a mucha gente, pero había llegado a la conclusión de que eso era lo de menos. Lo importante era el mero hecho de escribir. El juntar palabras e inventarme historias me daba motivación para estar viva. Me puse como fecha de inicio el día 15, por un lado porque era el cumpleaños de mi madre y por otro porque es un día que asocio al inicio del colegio. Me senté en la mesa con el ordenador encendido y un cuaderno nuevo para tomar notas. Después de una hora mirando a la pantalla entendí que no se me iba a ocurrir nada. Puede que mi cerebro se hubiera secado en las vacaciones. Lo intenté al día siguiente, con el mismo resultado de mierda.

El día 20, me di cuenta de que lo que necesitaba era un impulso, algo que me hiciera imaginar. Así que abrí una de las carpetas de fotos que había hecho en julio en Lanzarote. Encontré esto:

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Gracias a estas imágenes conseguí escribir una única frase:

“Hay que ver lo poco que pesan todas esas piedras”.

Día tras día, aquella única línea me miraba desafiante desde el Word, invitándome a escribir más y riéndose con sorna por mi inspiración perdida. Hicieron falta meses para que me animara a añadir algo a esa frase tan insolente:

“Hay que ver lo poco que pesan todas esas piedras. Pesan muy poco”.

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Vivir frente al mar

A veces me pregunto cómo es vivir junto al mar. Pudiendo dejar la mirada perdida y de verdad no ver más que horizonte. Sin edificios horrendos. Sin boinas de polución. Sin carreteras plegándose unas sobre otras para poder meter un carril más de asfalto.

Incluso cuando te alejas un poco de la ciudad y consigues salir al campo, hay montañas haciendo su cerco. ¿No es estar encerrado en cierta manera? Miras y tu vista siempre choca con algo. La única manera de hacerla descansar es cerrando los ojos.

A veces me pregunto, ¿qué se siente? Poder mirar y que la vista no se detenga. No ver nada y a la vez poder mirar el viento formando ondas. Sentarte en la orilla y saber que todo lo problemático está a tu espalda. Conducir dejándolo todo en el mismo lado de la carretera, pudiendo concentrarte solo en el otro. No sé.

Me pregunto que siente esa gente cuando la alejas del mar.

PD: La bonita Daria Krauzo en estas fotos.

Es un estado mental

Probablemente el verano sea mi estado mental favorito.

Pienso en verano y me vienen a la cabeza millones de referencias. Están los textos de Joan Didion describiendo las puestas de sol en California. Los sugerentes fotogramas de Call me by your name. Las fotografías en Benidorm de Martin Parr. Las canciones de Vampire Weekend que siempre son como de ir en un descapotable a la playa… A veces, da igual que sea septiembre, diciembre, febrero, revisito estas imágenes para transportarme a esas sensaciones, para relajarme, para entrar en calor.

Quién no sueña con un verano interminable. Quién no desearía mantener esa despreocupación, esa ligereza los 12 meses del año. Dedicarse a la contemplación y al disfrute de la vida… Porque al fin y al cabo el verano no es una estación, es un estado mental, casi una alucinación colectiva.

El problema no es que el verano sea finito. Es que la rutina es infinita y las vacaciones un espejismo.

La linea

No me pregunten por qué, pero tengo alguna obsesión por la línea recta. Me imagino que tendrá que ver con tener la vida un poco torcida.

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The unrelated

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«Viaje por carretera», mejor que «road trip»

14 de junio de 2021

Querida, Ana:

Parece que se nos han quitado las ganas de saltar. Pensaba que este viaje era lo que necesitaba, el empujón definitivo para colocar bien las cosas y ser capaz de ver qué es lo importante. Me equivocaba, para no variar. Supongo que cuando el desorden vive en tu cabeza no es posible escapar de él. Ramón me escribió el otro día para confesarme que hubo un tiempo que miraba todas las ventanas de su casa intentando decidir por cuál iba a tirarse. También me dijo que ya estaba mejor, así que no te preocupes mucho por él, pero no estaría mal que le mandaras un mensaje para que sepa que sigues viva. Pasar tanto tiempo sola me está viniendo bien. Tengo largas conversaciones conmigo y estoy aprendiendo a quererme mejor. Me escucho y me cuido más, pero echo de menos cosas, como nuestros paseos por el barrio o mi excursión semanal al museo. He vuelto a oír música a todas horas. Estoy haciendo una lista de reproducción kilométrica que te pasaré en algún momento, igual si la escuchamos a la vez podemos sentir que seguimos juntas, aunque nos separe un montón de tierra y arena. No puedo decirte cuándo voy a volver, esperaré a que el cuerpo me lo pida. Cuéntame cómo vas, si la tortuga ha aparecido y si te vuelve a gustar el vino. Y por favor, piensa en mí de vez en cuando. A veces siento que solo existo porque piensas en mí de vez en cuando.

Te mando fotos para que veas algunas de las cosas que he encontrado por aquí. Escríbeme pronto.

B.

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Miguel Hernández I

Tras un casi un año sin poder salir de Madrid, el pasado fin de semana visitamos el pueblo de mi padre. Allí pude hacer realidad una imagen que rondaba desde que finalizó el estado de alarma: abrazar a mis primos y disfrutar de la placidez automática que se te asienta en el pecho según llegas (de pequeño pensaba que en mi pueblo Dios y el Demonio hacían las paces y jugaban juntos en sus divinos asuntos).  

No tuve mucho tiempo para poder hablar de temas en profundidad pero en un momento dado, disfrutando de unas cervezas en el chiringuito de la piscina municipal, mis primos y yo recordamos a nuestro abuelo.  

Murió hace ya 4 años, con 93 otoños sobre los hombros pero la cabeza y el corazón lúcidos. Mi primo Raúl – que por cierto le clareaba la barba mucho más de lo que recordaba- compartió una de las últimas conversaciones con él.  

Mi abuelo le confesó un cierto hastío de vivir. Sin nadie de su quinta alrededor con quien compartir el final del viaje, veía como sus hijos/as, nietos/as y bisnietos/as hacían su vida. Se sentía querido pero se vivía un estorbo. Tenía los achaques propios de esa edad y ya necesitaba que le ayudaran a asearse, amén de otros dolores que acechaban con mayor frecuencia.  

Recuerdo cuando celebramos su 93º cumpleaños. Fue en la casa que ha visto nacer a mi padre y sus hermanos. Un lugar sagrado en mi infancia. Estábamos prácticamente todos los nietos y bisnietos. Yo disfrutaba retratando con fotos un momento que ya se intuía único. A través del visor de la cámara ya me anticipaba a la sensación de nostalgia y cierto vértigo que producirían esas fotos vistas 10 años después. Hacer fotos en un momento emotivo es como esconderse tras una pared con un pequeño agujero: te permite participar y admirar lo que ocurre en ese instante.  

Miraba a mis sobrinos, a mis tías y tíos, a mis primos… y a mi abuelo. La expresión distendida y ligera que recorría todos los semblantes se oscurecía en la mirada perdida suya. Miraba a sus bisnietos, miraba a la tarta con las dos velas encendidas mostrando el número 93, miraba fugazmente a la cámara de fotos ante mi requerimiento. Sus ojos galopaban por todo el salón como el que espera que acontezca algo de un momento a otro pero no sabe por dónde va a venir.   

Yo, detrás del visor de mi cámara, podía permitirme escrutarle sin disimulo. Y de repente entendí su mirada y sus pensamientos. Mi abuelo miraba a su alrededor sabiendo que ese sería su último cumpleaños. No trataba de apurar el momento, como si de un vaso de vino se tratara. Simplemente miraba y nos miraba. Aunque respondiera a nuestras felicitaciones y abrazos, en su gesto se escondía cierta preocupación y tristeza.  

Le cantamos juntos el cumpleaños feliz, sus bisnietos soplaron junto a él las velas. Comimos entre un bullicio alegre  la tarta casera hasta que sólo quedaron migajas. Era una tarde de julio y los vencejos no cesaban de piar frenéticos mientras surcaban el patio de la casa a toda velocidad.  

Cuando todo quedó recogido y en el salón sólo quedamos unos pocos, mi abuelo se recostó en su mecedora. Vaciando sus pulmones con un profundo suspiro, susurró un sentido “ay Señor….”

Su gesto seguía siendo el de que aguarda la llegada de algo. Fuera, el sol terminaba de caer.

PD: mi abuelo se llamaba Miguel Hernández. A su primogénito, mi padre, le llamó Luis Miguel. Y este, a su vez, decidió llamar a su primer hijo Miguel (servidor). Por eso me gusta pensar que soy Miguel Hernández III. Me hace estar permanentemente conectado con esa línea de tres generaciones.

La rebelión de las plantas

Aquí parece que las plantas tienen un poder sobrenatural. Me fui de viaje cuatro días y al volver mi macetero con tres brotes recién plantados era un pequeño bosque de tréboles, margaritas, dientes de león… Malas hierbas las llaman.

Mires donde mires, el verde. Los muros y las ruinas colonizadas de hiedras, madreselvas, buganvillas… Es hermoso y desconcertante, como una fantasía postapocalíptica.

Plantas ruderales, salvajes, oportunistas. Hay que arrancarlas, porque todo lo que se escape a nuestro control hay que eliminarlo. Las plantas solo pueden ocupar los espacios que les permitimos ocupar. Nuestros jardines perfectamente delimitados, nuestras jardineras y setos meticulosamente podados…

Porque si un día te descuidas, crecerán y crecerán, treparán los muros, entrarán por las ventanas, recuperarán lo que un día fue suyo, esa tierra que colonizaron hace ya 500 millones de años.

Y qué bonito sería estar aquí para verlo.

Apuntes aleatorios

  • Escarbo en las notas del móvil y encuentro más de cien párrafos a medio escribir.

  • Antes me daba mucha pena porque pensaba en lo triste que era el camino, pero luego me di cuenta de que esto es la vida y de que llorar en la cama mientras piensas en tus cosas está bien porque nadie nos ha enseñado nunca a lidiar con esto.

  • A ratos me entra esa obsesión con el objetivo de la vida y con lo que vamos a hacer en un futuro y con el crecimiento y la evolución.

  • Me ahogo pensando en lo rápido que se pasa el tiempo.

  • Hubo un tiempo en el que viví más tiempo en el pasado que en el presente.

  • Abuso del uso de la palabra tiempo.

  • El hormigón, el negro, el gris y el blanco, los edificios a medio construir y las cosas que parecen vivas sin estarlo me motivan a seguir moviéndome.

  • Nos quieren separados, nos quieren desconcentrados y nos quieren pensando poco.

  • Cuando me acuerdo de escribir me doy cuenta de lo mucho que me gusta y de lo importante que es para mí.

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