Mensual

Nueva luz

Ahora tengo una nueva luz y estoy organizando mis pensamientos.

Todo ha pasado rápido y sin mucha meditación. En tiempos de confinamiento cualquier huida es atractiva.

Paseo mucho, observo mucho. A veces aparece un olor, algún paisaje que encuentro en la carretera o un determinado sabor que me devuelven recuerdos de mi infancia.

Me doy cuenta de que todo lo que he hecho estos años es correr sin mirar atrás.

Un catálogo de flores

Últimamente me cuesta un poco escribir. Y hacer fotos. La vida en general. Lo único que no me cuesta es salir a pasear con cualquier excusa que me ofrezcan. Salir a ver las flores este año no me parece un plan tan aburrido.

La segunda metamorfosis

Hacía muchos años que no me vestía de nuevo así. Yo, que antes de mis 30 siempre iba vestida elegante y retadora, llevaba demasiado tiempo sin sentirme felina. Antaño solía iluminar la frente de los hombres cuando paseaba con el vientre descubierto y unos pantalones ceñidos a las caderas.

Bufaba a los que osaban soltarme algún comentario grosero por lucir ombligo, y a los que guardaban silencio les regalaba mi contoneo sabiendo que el deseo se les atragantaba con las palabras que habían callado.

Siempre admiré la belleza de mi propio cuerpo y sus curvas. En los años 70, que es cuando mi adolescencia se volvió más voluptuosa, tenía el mismo cuerpo que esas modelos que se pusieron de moda. Ahora ya no es lo mismo, claro, pero ya sabéis: la que tuvo, retuvo.

Cuando llegué a la treintena no sé que paso. Empecé a entibiarme y todo empezó a hacerse más gris casi sin darme cuenta. Tuve oportunidad de formar una familia junto a varios hombres que se desvivieron por mi, por no sé porque me sabía a poco la idea de estar con una sola pareja durante el resto de la vida. Cuando terminé de estudiar en la universidad tenía planes de viajar y recorrer mundo pero tuve un golpe de suerte y me salió un trabajo que sentí no poder rechazar. Mirándolo ahora con perspectiva no sé si fue “suerte” o simplemente “golpe”, porque creo que ahí empezó esa espiral de irrelevancia y sinsabor. Me sentía libre por no encadenarme con ningún hombre pero no me daba cuenta de que por la espalda me aprisionaba un trabajo que me sorbía el color y la libido lentamente. Tenía todo el reconocimiento y éxito que quería, y quizá por eso no me di cuenta del precio a pagar. El peligro de la resignación es que se puede hacer muy progresiva y cómoda, y ahí ya estás perdida.

Treinta y pico años después aquí estoy, a punto de jubilarme (he solicitado retrasar la fecha todo lo posible) y quiero prepararme antes de que llegue ese día en el que lo que más ha dado sentido a mi vida se esfume. Se me antoja que es como tener un hijo pero al revés: de un día para otro tu vida cambia drásticamente y tu existencia anterior se queda en lo anecdótico.

 Por ello contraté a un fotógrafo, hombre y joven. Quería que me hiciera fotos rescatando ropa del armario que nunca llegué a estrenar. Confieso que previamente tuve que mirarme mucho en el espejo para volver a reconocerme, pero ahí estoy. Esa soy yo.

Sentía curiosidad por saber qué tipo de conexión puede haber en una sesión fotográfica. Desplegué mis oxidadas habilidades para engatusarle pero el chico era demasiado joven como para apreciarlas. Creo que lo vivió más una fiesta de disfraces pero qué se le va a hacer. Yo sé que en realidad esta es mi 2º metamorfosis vital: de oruga a mariposa, y de mariposa a saber en qué me convierto.

Me da lo mismo ¡seguro que tendré alas nuevamente!

Una balanza y un libro de magia

Dentro de mí hay dos mujeres y no siempre se llevan bien. Una es impulsiva, gritona y un poco alcohólica. La otra es servil, controladora y muy responsable. Las dos tienden a la melancolía y a la depresión.

A veces la mujer impulsiva sueña con matar a su compañera. Pero entonces se da cuenta de que sin ella se impondría el caos y siempre acaba dejando el cuchillo encima de la mesa.

A veces la mujer impulsiva sueña con marcharse lejos.

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Diario Filomenal

Dia 0

No me tomo normalmente la fotografía como algo muy documental. Pero el día que batimos record de temperatura mínima lo merece.

Día 1

El día que batimos record de nieve acumulada en Madrid también lo merece.

Día 2+

¿Y qué hay de los días siguientes? ¿Qué hay de especial lo siguientes días? Una ciudad colapsada. Por la nieve y por la falta de medios. Un claro ejemplo de las ganas de drenar lo público para repartírselo de manera privada. Porque no va de ahorrar, va de que se lo lleven los míos.

¿Qué hay de especial estos días? Un modelo de ciudad fallido.

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De cuando nos cubrió la nieve

Vino y quedó como un extraño recuerdo en la memoria. Se me antoja hasta lejano en el tiempo y tan solo hace 3 meses que sucedió: una borrasca de nombre cómico que me dejó uno de los recuerdos más dulces para contar a mi hija.

Cuando miro las calles de mi vecindario trato de reconstruir la visión de contemplarlas colmadas de nieve. Una nevada como jamás había visto yo en Madrid.

La nieve siempre me ha parecido fascinante, sobre todo por cómo combina delicadeza, elegancia, belleza, y letalidad al mismo tiempo.

Ver caer los copos con esa liviana inocencia, posarse sobre las cosas como si fueran caricias bienintencionadas, y sin embargo saber que todo lo que engulle es secuestrado con una mordaza blanca que puede quitarte el aliento. ¡Qué paradoja tan hermosa!

En estos días atrás en los que hemos tenido suspendida sobre la ciudad una calima procedente del desierto, recordar todo cubierto de nieve se me hace entrañable. Llegó y nos pilló a todos desprevenidos. Habían alertado de la magnitud que podía alcanzar pero cómo imaginarse una cosa así. Y hasta tuvo la gentileza y el detalle de comenzar un viernes y quedarse bailando con nosotros todo el fin de semana ¡cómo agradecí poder disfrutarla enteramente!

El lunes, con la vuelta al trabajo, comenzó la resaca tras el espectáculo: la nieve convirtiéndose en barro negro, las mierdas de los perros aflorando como malas hierbas en los sitios más insospechados, las placas de hielo atentas a una pisada imprudente, y los contenedores de basura desbordados ante la imposibilidad de circular los servicios de limpieza. Todos los desperdicios que generamos expuestos como una herida abierta supurando.

Me quedaré con ambos recuerdos, ambas caras de la moneda. Hoy, aquí, sólo me apetece mostrar una de ellas.

Nueve años

Quería hablar de Madrid. Recopilar unas cuantas fotos, unas cuantas palabras, dedicarle un homenaje a la ciudad que he habitado durante nueve años. Llevo dándole vueltas varios días, pero ¿cómo hacerlo si Madrid es inabarcable?

Han sido cientos de paseos cámara en mano. Madrid me ha enseñado a fotografiar, a buscar ese punto de color, esa luz que de repente aparece mágica entre el hormigón, donde la metrópolis se hace más amable, menos monstruosa, y permite que me evada de esta mole que tantas veces me ha tragado, pero que siempre me ha devuelto a flote.

Gracias Madrid, te perdono.

Persiguiendo tempestades

Nos levantamos con los cristales empañados, con mis pies como siempre fríos. La playa había desaparecido, se la habían tragado el viento y las olas. Esas olas que rugían que daban miedo cuando llegamos a Santa Justa. La espuma del mar volando como confetti, empapándonos los huesos.

Persiguiendo tempestades por caminos de tierra, viendo desde el coche como esas olas se levantaban por encima de las rocas, de los edificios, las olas hasta el cielo.

Aterrador e imposible, como solo la naturaleza puede serlo. Salvaje y hermosa.



Silencio

Creo que nunca había escuchado tanto silencio. Es como si se hubiera parado el mundo. Como si nos hubiéramos quedado sordos. Puede que el universo nos estuviera diciendo que todavía no era el momento de seguir; puede que sea hora de parar y reflexionar.

Parece que las cosas nos pasan por encima, sin dejar huella. ¿Habremos perdido la capacidad de aprender? ¿Hacemos frente a tantos estímulos cada día que ya nada nos conmueve?

Si me pongo los cascos, subo el volumen de la música y salgo a la calle, hay ratos en los que me desdoblo. Empiezo a mirar todo como si fuera una película. Entonces, cuando dejo de ser yo, me doy cuenta de que vivo en automático, dejándome llevar por la inercia.

Y de repente empieza a nevar. Cojo la cámara y vuelvo a conectarme con algunas de las cosas que importan.

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Aterrizado

Originar. Abrir. Estallar.

Alumbrar. Iluminar. Aluzar. Dar a luz. Traer al mundo. Parir.

Descender. Caer. Desplomarse. Aterrizar.

Cegarse con la llegada. Resbalar según se inicia. Tropezar en el primer paso. Sonreír en el vértigo. Besar el suelo. Abrazarlo, y para abarcarlo, desparramarse.

Estrellado, casi como el firmamento. Esparcido. Diseminado.

En esta vida hay que ir con los brazos abiertos para entenderla y mantenerse cegado para escuchar su poema.

La piedra nunca será lo suficientemente dura para amortiguar la ternura de nuestra carne.