Mensual

A los errores

“Va a ser un fotón”. Lo dices mientras accionas la palanca de arrastre. La imagen continua en tu cabeza unos minutos. Pasan un par de semanas o tres, revelas el carrete. La buscas entre los negativos y cuál es tu sorpresa cuando descubres que efectivamente, es un fotón.

Porque la fotografía analógica va de eso. De abrazar el error. Incluso de buscarlo, de desearlo a veces. El error es descubrimiento, es asombro, es sentimiento.

¿Y la vida sin errores qué sería?

Un aburrimiento.

Cuando las fotos se hablan

Diálogos con la pared

Mi pared y yo tenemos una relación un poco extraña. Después de 5 años viviendo juntos, hemos empezado a darnos cuenta de que estamos ahí. Claro que yo sabía que había un pared, sólo que nunca me había parado a mirarla demasiado.

Creo que ha empezado a preocuparse por mí. Ahora todos los días me da una formita diferente con la que entretenerme un poquito. Un rayito de sol aquí, una manchita allá. A veces aparece un rozón donde no toca. Seguro que lo hace sólo para que tenga algo nuevo que limpiar. A veces parece incluso un corazón. No sé, creo que le gusto un poco.

Me gustaría que me contara lo que piensa de mí después de 104 días juntos. ¿Somos buenos el uno con el otro? ¿Lo seguiremos siendo cuando podamos salir de casa?

Y quién nos ha dicho que algo de esto es real

A simple vista, aquel día parecía un día más. No hubo nada que me hiciera pensar que algo extraño estaba pasando. Sin embargo, sí que noté algo diferente en el estómago, una presión constante en las tripas. Dicen que es justo ahí donde vive el instinto.

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Me desperté a las siete, como cada mañana, miré por la ventana y todo seguía tan quieto como lo había estado en las últimas semanas. Los gatos maullaron medio dormidos y fue entonces cuando dije en alto: “ahora es cuando me tengo que ir”. Creo que fue mi estómago el que habló. Como si fuera un apéndice aparte, como si hubiera decidido separarse de mí. Puede que fuera porque llevaba tiempo sin hacerle caso. Cogí las llaves del coche, abrí la puerta y salí despacio.

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En la calle, seguía el silencio. Nadie nos había contando cómo iba a ser el fin del mundo, pero yo estaba convencida que, una de dos, o era increíblemente ruidoso, lleno de gritos, lloros y explosiones o nos dejaba a todos mudos. Por si acaso nos decantábamos por la segunda opción, yo había aprendido a llorar para dentro años antes. Me metía en el baño a practicar. Desde hace tiempo las lágrimas y los mocos caían a raudales por mi cara sin hacer un solo puto ruido.

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Y entonces me encontré en el bosque. No estoy muy segura de cómo llegué hasta allí. Estaba descalza y en pijama y la planta del pie derecho me sangraba con ganas. Yo creo que al salir de casa, pisé un trozo de litrona de los guarros que siempre beben en el portal. Que digo yo que beban donde quieran pero ¿por qué cojones no recogen su basura? En fin, que me desvío del tema, que me enrollo y nunca acabo contando lo que quiero contar. Como no tenía otra cosa que hacer, me puse a pasear. Fui dejando un reguerito de sangre por el camino andado, igual que el rastro de migas de pan que dejaban los niños del cuento ese. Y entonces lo vi.

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Estaba ahí parado, como si estuviera esperándome, pero por su cara de sorpresa creo que no pensaba encontrarse a nadie allí. Mi estómago habló otra vez: “yo creo que eres un monstruo. No sé por qué, pero no me das miedo”. No sé si tengo ganas de seguir contando esta historia. Ya sabéis cómo acaba, me levanté en el hospital. Hay quien dice que me he vuelto loca y hay quien dice que les pasó lo mismo ese día, exactamente lo mismo. El silencio, el bosque, el estómago que va por libre, el monstruo y la falta de miedo. La falta de miedo y el silencio es lo que más echo de menos.

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El aire puro

Sólo necesitábamos el aire puro.

Pensábamos que necesitábamos viajar más, tachar más ciudades en el mapa, ir más lejos, visitar más lugares nuevos, hacer más fotos, tener más recuerdos en sitios diferentes.

Qué equivocados estábamos. Al final sólo necesitábamos el aire puro el verde de las hojas, el agua de un río, el sonido del mar.

Cuántos atardeceres nos hemos tenido que perder para ver que en realidad todo era más sencillo.

La tormenta que precede a la calma

K. estaba de vacaciones desde hacía semanas. Las tareas que quedaron pendientes de su trabajo habían dejado de atormentarla días atrás. Estaba disfrutando de unos días de placidez en un pueblo costero retirado de circuito habitual del turismo.

Nada le inquietaba de manera especial.

Precisamente por ello, todavía en la cama, está extrañada tras despertarse de ese sueño tan raro que acaba de tener. Un sueño vívido  y plagado de emociones que desde la vigilia se le hace difícil descifrar su significado. Ella, que nunca recuerda nada de lo que sueña, de repente se encuentra en tránsito entre la consciencia y esa realidad paralela que acaba de vivir en su cabeza. 

Había una mujer ….. una mujer que en realidad era ella. Poseía un cuerpo ajeno - ahora que estaba despierta era capaz de darse cuenta - pero durante el sueño lo vivía como propio, como si llevara conviviendo con él desde su nacimiento. Sorprendentemente, nada había de alarmante en esta anomalía.

K. intenta en vano en recordar el rostro – su rostro- pero aparece desdibujado en su memoria.

En cambio, sí recuerda perfectamente la presión en el pecho. Una sensación de dolor y vacío. Esa propia de un anhelo no cumplido.

Había también una casa. Grande, vieja y desvencijada. La casa tenía vida propia……..

No, no; era más que tener vida propia, la casa tenía conciencia de “ser”…., y el mismo dolor y vacío en “su pecho”.

El asombro de K. crecía por momentos según recordaba las sensaciones del sueño ¡ella era la casa! ¡y la mujer al mismo tiempo!. La misma conciencia en dos entes dentro de un mismo sueño. Paradójicamente, tanto la mujer como la casa se vivían diferentes entre sí. La una generaba en la otra la misma sensación de amenaza y desconcierto.

La mujer se adentra en la casa y la recorre. Ambas se sienten invadidas por un terror mullido, ese que no te hace gritar en el momento pero te va calando el alma como una mancha silenciosa.

K. interrumpe el recuerdo del sueño para tomar una bocanada de aire hasta llenar sus pulmones. Mientras exhala trata de tomar conciencia de dónde está: la cama en la que está sentada, el cuarto que la rodea, la ventana amplia por donde entra el olor a mar. 

El día pasa tranquilo y anodino. K. pasea por la playa, moja sus pies en el agua, recoge conchas de curiosas formas. Se esmera por retener en su pecho todas esas sensaciones vivificantes para compensar el amargor del viaje nocturno.  

A pesar de la calidez de la tarde y sus últimos colores K. se estremece pensando en la proximidad de la noche y  la historia de desencuentro que le ha golpeado en sueños.  Quiere pensar que tan solo es la tormenta que precede a la calma.

A midwinter night's dream

The calendar said it was in February. But it was already summer on my mind. While I walked on the beach of Santa Cruz, I only thought of how people feel to live looking always at the sea.

What about the sea? How does it feel to be always looking to a town?

¿Dónde se han metido todos?

Andaba yo bastante perdida con lo que escribir hoy aquí. Para no repetirme —que es algo que hago muy a menudo—, he decidido dar un paseíto por el tiempo y bucear en los posts que he escrito desde que entré en Vemödalen en abril de 2018. Y me he dado cuenta de que la mayoría de las imágenes que he subido aquí tienen un elemento común: son fotos donde no hay nadie. Que el hormigón, las cosas abandonadas, las playas en invierno y los tejados me llaman más la atención que las personas no es un secreto; pero ¿hasta este punto? A lo mejor sí que hice fotos de gente y lo que pasó fue que se sintieron prisioneros en la imagen y decidieron marcharse sin dejar rastro. Yo creo que fue eso, sí. Estaban ahí, pero decidieron marcharse. Lo que pasó fue…

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Ramona miró por la ventana. El mar estaba un poco picado, lo normal en una mañana de marzo. Pensó que no le vendría mal dar un paseo y meter un ratito los pies en el agua. El contacto con la arena fría solía ayudarle a recordar que estaba viva. Salió y empezó a andar sin rumbo. Entonces vio un destello entre los juncos. Alguien estaba apuntando hacia ella con una cámara de fotos. Se agachó y respiro hondo un par de veces. “Espero que no me hayan cazado”, pensó.

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A Emilio y Juan les gustaba buscar cangrejos entre las rocas. Había días que se tiraban allí las horas muertas. Su madre les decía que no entendía cómo podían pasar tanto tiempo mirando al suelo. Desde que Jorge había desaparecido las cosas estaban un poco raras. Jorge era el vecino de abajo, había llegado al edificio dos años antes para quedarse a vivir con su abuela. Y llevaba diez días perdido. Desde entonces, a su madre le molestaba un poco que se marcharan a buscar cangrejos. Parecía asustada. Así que aquella tarde, cuando vieron que cerca de ellos alguien sacaba una cámara y les enfocaba con el objetivo, salieron corriendo. Ahí están. Al fondo de la foto. ¿Les ves?

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Marina es una gata peluda y suave, del color de las naranjas. No ha tenido una vida fácil. Nació en un rinconcito oscuro de un puerto marítimo malagueño. Cuando era bien pequeña, alguien que parecía humano pero que en realidad no lo era intentó ahogarla. Poco después, unos gatos con muy mala idea le arrancaron una oreja. Aquellas fueron las primeras de una serie de catastróficas desdichas que se fueron sucediendo unas a otras. Hasta que llegó a un pueblecito donde vivían personas que estaban dispuestas a cuidarla. Por fin había encontrado su lugar en el mundo. A Marina le encantaba trepar a los naranjos y echarse la siesta entre la fruta. El olor a azahar le adormecía y le hacía pensar en lo importante que era encontrar la felicidad en las cosas pequeñitas. En esas estaba, disfrazada de naranja entre las hojas verdes de un precioso árbol, cuando vio que alguien apuntaba hacia ella con una cámara. Eso no le gustó. Después de lo que había vivido prefería desconfiar por sistema. Así que pegó un brinco y… ¡hop!

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En el número 4 de la calle del Desconsuelo vivía una señora que tenía 123 años. Era un milagro de la naturaleza, nadie había conseguido vivir tanto tiempo sin morirse entre medias. Consuelo, que así se llamaba la señora, estaba en una forma física estupenda y salía a andar todos los días dos horas. Pero en uno de sus paseos, alguien descubrió su edad y su casa había empezado a llenarse de paparazzis que querían cazarla para sacar una foto suya en el Hola. Por eso, Consuelo ya no sale a la calle. Y cuando se asoma a la ventana, lo hace con cuidado, solo enseñando un ojo y una oreja. En su encierro, está trazando un plan para dominar el mundo. Está harta de las personas que no dejan vivir tranquilos a los demás. Y su primer movimiento va a ser liberar a todos los animales del zoo de Madrid. Yo sé todo esto porque la he visto el día que hice esta foto. Nos caímos bien y me dijo que no pasaba nada si quería hacer una foto de sus geranios. Pero a ella, no. ¡Fotos, no! ¡Fotos, no!