Mensual

A midwinter night's dream

The calendar said it was in February. But it was already summer on my mind. While I walked on the beach of Santa Cruz, I only thought of how people feel to live looking always at the sea.

What about the sea? How does it feel to be always looking to a town?

¿Dónde se han metido todos?

Andaba yo bastante perdida con lo que escribir hoy aquí. Para no repetirme —que es algo que hago muy a menudo—, he decidido dar un paseíto por el tiempo y bucear en los posts que he escrito desde que entré en Vemödalen en abril de 2018. Y me he dado cuenta de que la mayoría de las imágenes que he subido aquí tienen un elemento común: son fotos donde no hay nadie. Que el hormigón, las cosas abandonadas, las playas en invierno y los tejados me llaman más la atención que las personas no es un secreto; pero ¿hasta este punto? A lo mejor sí que hice fotos de gente y lo que pasó fue que se sintieron prisioneros en la imagen y decidieron marcharse sin dejar rastro. Yo creo que fue eso, sí. Estaban ahí, pero decidieron marcharse. Lo que pasó fue…

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Ramona miró por la ventana. El mar estaba un poco picado, lo normal en una mañana de marzo. Pensó que no le vendría mal dar un paseo y meter un ratito los pies en el agua. El contacto con la arena fría solía ayudarle a recordar que estaba viva. Salió y empezó a andar sin rumbo. Entonces vio un destello entre los juncos. Alguien estaba apuntando hacia ella con una cámara de fotos. Se agachó y respiro hondo un par de veces. “Espero que no me hayan cazado”, pensó.

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A Emilio y Juan les gustaba buscar cangrejos entre las rocas. Había días que se tiraban allí las horas muertas. Su madre les decía que no entendía cómo podían pasar tanto tiempo mirando al suelo. Desde que Jorge había desaparecido las cosas estaban un poco raras. Jorge era el vecino de abajo, había llegado al edificio dos años antes para quedarse a vivir con su abuela. Y llevaba diez días perdido. Desde entonces, a su madre le molestaba un poco que se marcharan a buscar cangrejos. Parecía asustada. Así que aquella tarde, cuando vieron que cerca de ellos alguien sacaba una cámara y les enfocaba con el objetivo, salieron corriendo. Ahí están. Al fondo de la foto. ¿Les ves?

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Marina es una gata peluda y suave, del color de las naranjas. No ha tenido una vida fácil. Nació en un rinconcito oscuro de un puerto marítimo malagueño. Cuando era bien pequeña, alguien que parecía humano pero que en realidad no lo era intentó ahogarla. Poco después, unos gatos con muy mala idea le arrancaron una oreja. Aquellas fueron las primeras de una serie de catastróficas desdichas que se fueron sucediendo unas a otras. Hasta que llegó a un pueblecito donde vivían personas que estaban dispuestas a cuidarla. Por fin había encontrado su lugar en el mundo. A Marina le encantaba trepar a los naranjos y echarse la siesta entre la fruta. El olor a azahar le adormecía y le hacía pensar en lo importante que era encontrar la felicidad en las cosas pequeñitas. En esas estaba, disfrazada de naranja entre las hojas verdes de un precioso árbol, cuando vio que alguien apuntaba hacia ella con una cámara. Eso no le gustó. Después de lo que había vivido prefería desconfiar por sistema. Así que pegó un brinco y… ¡hop!

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En el número 4 de la calle del Desconsuelo vivía una señora que tenía 123 años. Era un milagro de la naturaleza, nadie había conseguido vivir tanto tiempo sin morirse entre medias. Consuelo, que así se llamaba la señora, estaba en una forma física estupenda y salía a andar todos los días dos horas. Pero en uno de sus paseos, alguien descubrió su edad y su casa había empezado a llenarse de paparazzis que querían cazarla para sacar una foto suya en el Hola. Por eso, Consuelo ya no sale a la calle. Y cuando se asoma a la ventana, lo hace con cuidado, solo enseñando un ojo y una oreja. En su encierro, está trazando un plan para dominar el mundo. Está harta de las personas que no dejan vivir tranquilos a los demás. Y su primer movimiento va a ser liberar a todos los animales del zoo de Madrid. Yo sé todo esto porque la he visto el día que hice esta foto. Nos caímos bien y me dijo que no pasaba nada si quería hacer una foto de sus geranios. Pero a ella, no. ¡Fotos, no! ¡Fotos, no!

Lo inefable

Hay pocas palabras para describirlo, pero sobrecogimiento se puede acercar bastante.

Es algo que por mucho que trato de entender me supera intelectualmente. Ya me parecía fascinante cuando lo había contemplado en personas cercanas (hermanos, amigas…), pero al convertirme en el principal testigo  de una vida incipiente me ha rebasado, honestamente.

He tenido 7 meses por el momento para interiorizarlo, entenderlo…… y sin embargo a día de hoy no lo consigo.

¿Quizá en los dos meses siguientes?

 La palabra “milagro” no había adquirido un sentido tan accesible como hasta ahora.

La gente, la vida

Muchas veces he hablado de la magia disparar en analógico. Entre otras cosas, parte de esa magia radica en la expectación de no saber a ciencia cierta qué te vas a encontrar en un carrete, el misterio de llevar a revelar un rollo que has tardado semanas o meses en terminar o que tenías olvidado en la bolsa de la cámara desde las últimas vacaciones.

Llevaba un par de semanas esperando los escaneados de mi primer carrete en 110, ese que disparé un poco al tuntún, a ver qué salía. Se hicieron de rogar pero llegaron en el momento más oportuno. En estos días de encierro, miro estas fotos de cuando vivíamos despreocupados y me embarga la emoción.

Volveremos a la normalidad, a reir y a festejar, ojalá más fuertes, más unidos.

Ojalá más conscientes de la suerte de tenernos.

About the self

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I think that sometimes is better not to say anything. This an analog sneak peek of an ongoing project about self-image. Mistakes included. What do you think?

Dicen que solo las personas solitarias miran al cielo

Creo que fue un libro de Tracey Emin donde leí que solo las personas solitarias miran al cielo. Yo hay días que necesito estar sola y otros que me ahogo si no hablo con alguien, aunque tengo más días de los primeros que de los segundos. Igual por eso no puedo dejar de mirar a los tejados. Hay algo en el hormigón recortando el cielo que me hace respirar muy hondo, como si en las líneas perfectas de los edificios limitando algo que es inmenso estuviera la solución a mi problema. Mientras tanto, me despierto cada día intentando encontrarle sentido a todo esto y por más que me esfuerzo y pongo de mi parte, por más que mire a las alturas, no hay manera. Es posible que esté buscando en el sitio equivocado.

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Todo bien

No sé por qué me siento a gusto en los sitios desangelados. La decadencia me calma.

Quizá sea la ausencia de esfuerzo por conseguir la belleza. La despreocupación estética de lo que simplemente está ahí, sin más pretensiones. Esa humildad de los lugares feos me hace sentir tranquila, como si yo también dejase de sentir la presión.

Me veo buscando mi paz en esos sitios un poco absurdos, incongruentes. Me divierte y me reconforta a la vez.

“Todo bien” rezaba con letras gigantes una de las naves del polígono. Últimamente creo en los presagios, veo señales en todas partes. Será que en tiempos difíciles tendemos a agarrarnos a cualquier cosa.

La reserva espiritual de la calle Preciados

¿Alguna vez te ha contado un maniquí cómo se siente?

Hay muy pocas personas que tengan ocasión. Por regla general pecan de ser excesivamente tímidos e introvertidos hasta el punto de la mala educación. Ya puedes sentarte a su lado y echarle paciencia que nunca suelen proferir ni media palabra. Sus motivos tendrán, supongo.

Con todo, a veces la realidad supera la ficción. A Lidia se le encaró uno cuando paseaba por la calle Preciados.

Sí, sí, tal como suena. Se le encaró.

Ella miraba distraídamente uno de esos grandes escaparates cuando un maniquí empezó a increparla esa habilidad suya para mirar sin ver nada.

Obviamente ella no se iba a quedar callada ¡hasta ahí podíamos llegar!, una cosa es tolerar a viejas gruñonas que murmuran a las espaldas de la gente y otra muy distinta consentir a un puto maniquí impertinente… por muy insólita que la situación sea.

Lo que parecía que iba a desembocar en una desigual pelea (Lidia ya estaba preparando cómo fingir un desmayo en mitad de la tienda para derribar al dichoso muñeco) viró hacia una conversación con pretensiones reflexivas.

“Ser maniquí puede parecer frívolo e insulso pero detrás hay consideraciones que pocos viandantes se han llegado a plantear” comenzó decir el susodicho.

Y ahí que empezó a hablar de la amplificada sensación de fugacidad en la vida que su condición de plástico duro e inmóvil  le hacía percibir.

A diferencia de lo que se podría deducir a primera vista, los maniquíes no experimentan la vida como solitaria ni sus “cuerpos” como prisiones del alma. Parece ser que, a pesar de la caracterización que les dan —las poses de interesante molón, las curvas incoherentes de sus cuerpos, etc…— tienen una sosegada vida interior dedicada a la contemplación de las más altas verdades metafísicas en el Universo.

Su privilegiada condición de observadores ha hecho de ellos auténticos guardianes del conocimiento que en otros tiempos los seres humanos albergaban. Su carácter pausado y las horas de largas e inmóviles meditaciones les han permitido crear una supra conciencia interconectada entre todos ellos. Por ello, resulta que la calle Preciados, con todos los maniquíes que alberga en sus tiendas, supone una vasta red de conocimientos  ancestrales celosamente custodiados. Algo así como “la reserva espiritual de toda España”, presume el amago de iluminado polímero.

“¡Tócate los pies mariloli!” piensa con razón Lidia. A fin de cuentas no te enteras todos los días de que las multimillonarias cadenas de ropa de marca están contribuyendo, no por motu propio, eso sí, a construir un legado de riqueza espiritual para las generaciones venideras (no sabemos si de maniquíes o de humanos).

El mayor pesar que cae sobre sus hombros es la paradoja de que, queriendo ser testimonio y propuesta de otro ritmo y estilo de vida, son utilizados para fomentar un consumo desaforado que va más allá de comprar-usar-tirar: es el sofisma del paso acelerado, de la emoción intensa e inmediata a cualquier precio, de la satisfacción en el momento, de la impaciencia extrema propia del púber.

El maniquí continúa compartiendo con Lidia su dolor al ver al común de los mortales comportarse más bien como zombis devorando – consumiendo- todo aquello que encuentran a su paso. Le confiesa que le ha escogido a ella para compartir todos estos secretos impulsado por cierta sensibilidad que ha percibido en ella y que la hace diferente a los demás.

Tras varios minutos de absorbente conversación, esta finaliza cuando un dependiente le pregunta a Lidia si tiene intención de comprar alguna de las prendas que el maniquí lleva puestas (ha debido ser un tanto extraño  que una clienta se quede pasmada frente a un maniquí sin dar muestras de interesarle nada más en la tienda).

Lidia sale de la tienda con intención de regresar a su casa y digerir todo lo que el espontáneo maniquí le ha contado. Desde luego ya no podrá pasear por ningún centro comercial de la misma manera.

Entre cavilaciones cae en la cuenta de que había quedado en ir a cuidar del gato de su hermano, que vive solo en un pisito de soltero de oro y lleva de viaje unos días. De repente le asalta la angustia: la última vez que le hizo el mismo favor a su hermano acabó descubriendo por accidente una vieja muñeca hinchable guardada, ya desinflada y arrugada, en el fondo de un armario.

“¡Tengo que avisarle de que hasta que no tire a la basura esa muñeca yo no piso su casa ni de coña!” piensa Lidia. Sólo faltaba que, con eso de la sensibilidad especial que el maniquí “había percibido en ella”, ahora una vieja muñeca hinchable le fuera a compartir todos los secretos que guardaba en su interior.

“¡A saber qué podría llegar a contarme! Suficiente que ya me haya llorado en el hombro un maniquí con ínfulas de Buda”