Mensual

Lo viejo es mejor

Cada vez que en la oficina alguien habla de mejorar algo, si no encontramos un buen motivo, alguien grita ¡porque lo nuevo es siempre mejor! Es lo bueno de trabajar en tecnología, el ansia por hacer cosas nuevas.

Pero lo nuevo es un concepto relativo. Para nosotros, criados en lo digital, la siguiente cámara no nos emociona. La siguiente versión de Photoshop es… otra más. Nos atrae lo que no conocemos. Eso es lo nuevo para nosotros: esa cámara de placas cogiendo polvo en una estantería, esa doble exposición en una cámara de formato medio con un carrete caducado antes de que naciéramos. Esa Polaroid sincronizada con flashes de estudio. Por eso gastamos fortunas en material que es objetivamente peor para trabajar. Para nosotros lo nuevo es ese mundo lleno de químicos, fotos con grano y cartuchos instantáneos de los que salen bien la mitad de fotos.

¿Y sabéis qué es lo que más me gusta de esto? Que revisitamos constantemente las ideas de nuestros padres y abuelos, como buscando algo que ellos no han encontrado en su día. Casi nunca lo hacemos, pero cuando lo conseguimos, desde aquí nos atrevemos a gritar: lo viejo con ideas nuevas es mejor.

Una teoría sobre el color

¿Sabes que el color no existe? Es una percepción de nuestro cerebro. Lo único que existe es la luz, y lo que vemos, una interpretación de ella. No me preguntéis por qué, pero me viene este pensamiento mientras veo la sesión de investidura para la presidencia de gobierno.

Enfadado con la física y la política por hacer un mundo tan complejo, salí de casa con la idea de quitarme el color de la cabeza, con la cámara en blanco y negro. Y disparé un montón de luces y sombras. Pero resulta que la cámara no ve en blanco y negro, ve también en colores. Y cuando llegas a casa y se van cargando las fotos en el ordenador, las ves saltando ellas solas de blanco y negro al color. Ese color tampoco es exactamente el que has visto porque la cámara también ha hecho su interpretación. ¿Cuál es la buena?

Y así nos pasamos el día. Discutiendo sobre cosas que no existen pensando que encima todos lo vemos igual. No sé si en el congreso piensan lo mismo.

Soldati

Me lo regaló Claudia en 2014 y todos los otoños vuelve a mi cabeza.

Se está

como en otoño

sobre los árboles

las hojas.

Si sta come 

d'autunno

sugli alberi

le foglie.

Giuseppe Ungaretti, 1918, I Guerra Mundial.

Y todos los otoños pienso en el camino de una hoja. Sólo que no son hojas.

_DSF8771 1.jpg

Cuando acabe el verano

Dijimos que nos encontraríamos cuando acabara el verano. Y cuando el verano pasó esperé a que aparecieras, pero no volviste. Podría haberte llamado, no dejamos claro si el que tenía que contactar eras tú y yo. Una cosa llevó a la otra y el tiempo fue volando y se me quitaron las ganas de hablar contigo, aunque nunca dejaste de estar en mi cabeza. Así que los agostos pasaron, uno tras otro, sin parar, hasta que me volví a encontrar contigo en el supermercado; llevabas unas acelgas en la mano derecha y yo una coliflor en la izquierda. Había pasado demasiado tiempo, pero no el suficiente. Me echaste en cara, bastante cabreado, que no me perdonabas el haber desaparecido. Y de nuevo una cosa llevó a la otra y acabamos hablando de que seguíamos teniendo miedo a envejecer y de lo fácil que era hablar entre nosotros de las cosas que nos aterrorizaban. Para no sufrir de más, decidimos que era mejor no volver a vernos y al despedirnos me dijiste que odiabas la coliflor y te fuiste antes de que me diera tiempo a responder que a mí las acelgas siempre me hacen vomitar.

908402.JPG
908403.JPG
908401.JPG
908404.JPG
908405.JPG
908406.JPG
908407.JPG

Los días de polvo y niebla

- A ver si se acaba ya esta mierda de año - Le dije mientras tomábamos un té en su salón.

-Es que 2019 ha sido un año malísimo.

-¿No decimos eso todos los años?

-Sí, pero 2019 ha sido malísimo hazme caso, que hemos tenido a Mercurio de paso y eso genera mucha negatividad, mucha violencia.

-Bueno anda, si es por Mercurio… Échame una tirada, a ver, qué dicen los Arcanos.

Y sin ser ella bruja ni nada de eso, me echó las cartas y ahí estaban: en contra la templanza, a favor la luna, y al final, la muerte.

Dicen que hay que tocar fondo para salir a flote y dejar atrás los días de polvo y niebla. También dicen que hay tristezas que causan adicción. Y sin ser yo creyente ni nada de eso, comprobé como esa tarde en su salón, los arcanos predijeron el fin de un ciclo, el seísmo que haría temblar los cimientos de mi vida sólo unos días después.

Ahora me toca solo a mi misma construir mi propia fortuna. Espero dentro de 12 meses releer estas líneas, recordar lo que presagiaron las cartas y sonreir pensando que estaban en lo cierto. Después de todo, para que la magia exista hay que creer en ella.



Los recuerdos de un náufrago

El señor Lázaro lleva viviendo toda la vida en un pueblo de Soria. Es uno de esos pueblos que generación tras generación se ha ido quedando vacío de gente que lo habite y ahora tiene un aura como de museo abandonado.

A sus 91 años ha vivido demasiadas historias y dice sentirse cansado. Mira con recelo a todo el que pasea por su calle, no tanto por desconfianza sino con el estupor contenido de quien contempla a un extraño que nada se le ha perdido en ese rincón del mundo.


La edad y la soledad hace que, tras un primer cruce de saludos formales y comentarios protocolarios —¡qué frío hace en este pueblo!—, el Sr Lázaro comience a compartir sus recuerdos sin necesidad de hacer más preguntas. Relata cómo el pueblo se fue quedando sin jóvenes y cómo hace años tuvo que cerrar su tienda porque nadie acudía a comprar a ella. Ahora sólo quedan un puñado de personas


“Y todas son como los dedos de esta mano: cada una a su manera, ¡muy diferentes!”.

Habla con rabia de cómo el caciquismo en esas tierras ha engañado a mucha gente, él incluido, y consumado con unas pocas manos como únicas dueñas de muchas tierras. A pesar del tono de queja constante en el reguero de palabras no  lamenta que en su día no quiso estudiar. Siempre confió en sus brazos y manos para ofrecer un servicio allí donde se le requiera y así fue. Durante años se encargó de desbrozar caminos y partir piedras para facilitar que la gente fuera de pueblo en pueblo.

De su vida sólo se arrepiente de dos cosas: la primera no haberse sacado en su momento el carnet de conducir. Eso le habría permitido acceder a nuevos trabajos y mejor pagados, pero reconoce que no supo ver esa oportunidad. Se convirtió aún más en un náufrago en ese pueblo de piedra roja escondido entre los montes.

La segunda cosa es haberse casado. En este punto de la conversación baja la mirada y la pierde en un lugar incierto entre el espacio y el tiempo. Su mujer no quería continuar con la tienda que tenían. Cierra la conversación contando que al poco de casarse su mujer quedó embarazada pero, estando la gestación avanzada, perdió al bebé.

“Ya se sabe que cuando una mujer pierde a su hijo en el vientre, se trastorna”.

En ese punto el Sr. Lázaro parece hacerse aún más viejo, se le relaja la cara —con la mirada todavía perdida— y deja ver un atisbo de cicatriz en lo profundo del alma.

“Tuve que llevarla al sanatorio durante años hasta que se abandonó completamente sin que pudiera hacer nada por remediarlo”.

…………….

………………

………………….

Parecía que el silencio tras esas palabras se iba a prolongar hasta el límite de la incomodidad pero, sorprendentemente, el Sr. Lázaro recuperó la conversación con temas más triviales y con un gesto fruncido renovado. El frío seguía atenazando a todo incauto que siguiera en la calle, así que tras unos minutos de nuevos rodeos protocolarios me despedí estrechándole la mano.

Yo me fui a la única cafetería existente en el pueblo, mientras el Sr. Lázaro se recluía en el centro de su isla.

Perdón, en su casa.

Existen

Normalmente te los encuentras en zonas oscuras y días lluviosos. A veces debajo de la manta. Si tienes muy mala suerte, incluso en un día soleado en la playa. Lo más probable es que estés solo cuando te pase. Habitualmente no los ves venir porque, en realidad, ya estaban ahí. Pero vienen y te susurrarán al oído: no eres suficiente.

Sí, los fantasmas existen, y los llevamos todos dentro.

Ectoplasma

Me despertó un ruido extraño, un golpe seco de algo estampándose contra algo, como si alguien hubiera tirado el tomo de una enciclopedia al suelo del salón. Me quedé unos segundos mirando al techo, intentando espabilarme del todo y armándome de valor para ir a investigar qué había pasado. Y mientras miraba las sombras que las contraventanas proyectaban justo encima de mi cabeza, escuché otro sonido, pero esta vez mucho más cerca, como si alguien se hubiera agachado a los pies de mi cama y estuviera intentando llamar mi atención a base de golpear la tarima una y otra vez con el dedo.

IMG_7470.jpg
IMG_7462_2.jpg

¿Qué cojones? Encendí la luz y me incorporé, dispuesta a encontrar lo que fuera que se hubiera colado en mi casa. Pero por mucho que revisé cada esquina, allí no había nada ni nadie. A la mañana siguiente, una foto nuestra me esperaba en la mesilla. Y entonces me acordé.

IMG_7476.jpg
IMG_7435.jpg

Me acordé de que dijiste que si al final te morías, no dejarías que me quedara metida en la cama días y días. Que volverías del más allá y me obligarías a dejar de estar triste. Me acuerdo de que por aquel entonces me pareció un buen plan y te pedí que aparecieras convertido en el olor de tu colonia y que vinieras a verme en un día con mucho sol, para que no me diera un infarto del susto.

IMG_7441-2.jpg
IMG_7451.jpg

Me acuerdo que te descojonaste y me dijiste que eso nunca, que tu entrada en escena sería fantasmagórica y triunfal, que conseguirías que tuviera tanto miedo que la sola idea de deprimirme me diera escalofríos. Serás cabrón. Una vez más, volví a notar esa sensación agridulce, como cuando estaba contigo. Una vez más, conseguiste exactamente lo que te habías propuesto.

IMG_7440.jpg
IMG_7416.jpg

Cicatrices de la memoria

Llevo ya varios días intentando escribir este texto.

Será que no me salen las palabras, será que no es fácil hablar de fantasmas.

Quería hablar de los fantasmas que no dan miedo. De los que caminan con nosotros, los que han dejado su huella en nuestra memoria.

A veces esos fantasmas son ardientes y dolorosos, como huella marcada a fuego. Con el tiempo esa huella se desvanece, se convierte en cicatriz, una de esas cicatrices que duelen cuando va a haber tormenta. Cuando percibimos un cierto olor, cuando escuchamos cierta canción en la radio, la huella se vuelve de nuevo incandescente.

Las cicatrices de la memoria son los fantasmas que nos acompañan. Como todas las cicatrices nos definen, cuentan nuestra historia. Estos son fantasmas del más allá y los del día a día. Los que ya no están a nuestro lado y los que nunca se han ido.

Noviembre, mes de todos los santos

Nuestro hijo tendría que haber nacido en este mes de noviembre. Cualquiera de estos días que han pasado inadvertidos podrían haber sido “su día”, “su venida”.  Llevábamos años buscándole: al comienzo confiados en que el tiempo nos lo traería,  al final desconfiando de que pudiéramos llegar a ser tres.

En el último momento, cuando ya íbamos a desechar la idea de ser padres, ocurrió el milagro. La Buena Nueva llegó y borró en pocos minutos  el hastío de años fallidos. Habíamos estado tanto tiempo marcando nuestro objetivo vital en que Mar se quedara embarazada que pensamos que la carrera habría terminado y nosotros habíamos llegado a la meta a tiempo. Tan cegados quedamos que no supimos ver que en ese momento comenzaba otra etapa, ni más ni menos. 

A los dos meses su corazón dejó de latir. Lo descubrimos por sorpresa en una ecografía rutinaria que nos estalló en la cara, sin aviso previo. Hechos pedazos los sueños, la incredulidad del momento me llevaba siempre al mismo punto: ¿dónde está nuestro hijo?, ¿por qué ha pasado una cosa así? Casi nunca en la vida me cuestiono el "sentido de las cosas" (prefiero pensar que, aunque lo tengan, no podré conocerlo,  y bailar sobre esa experiencia) pero en aquellos días que siguieron no podía  evitar preguntarme una y otra vez ¡¿qué  sentido tenía haber perdido al bebé que estaba en camino?!, ¿para qué ese giro tan inesperado de la Vida? Y una y otra vez ¿dónde está nuestro hijo? 

Éramos, por fin, tres....y en un instante volvimos a ser dos. Así... de repente, sin esperarlo. Su incipiente presencia en nuestras vidas fue sustituida por el dolor de saber que "dos" ya no era un número pleno. 

Cuando se pierde a un ser querido hay hechos relacionados con esa pérdida que facilitan el duelo. Rituales íntimos compartidos con familia y amigos; y que el resto de tu entorno respeta y entiende. Pero en un aborto no hay cuerpo que velar ni despedir. El entorno no tiene porqué saber de tu pérdida, así que no entiende de tu pesar. El mundo sigue igual sin saber qué ha pasado. Incluso para la familia y amigos es difícil saber situarse, atinar con la cercanía necesaria.  El único ritual existente en nuestro caso fue la ingesta de unas pastillas para expulsar el feto inerte y el terrible momento de constatar el sangrado abundante a las pocas horas y entender que con esa sangre despedíamos definitivamente a nuestro hijo.

¡Cuánto silencio en torno a un aborto!, incluso aunque lo quieras romper. 

Pasaron semanas y meses en los que la pregunta de ¿dónde está nuestro hijo? me alimentaba el rencor y desprecio por la vida. Estaban de fondo, a pesar del día neutro transcurrido, a pesar de las sonrisas ligeras y descoloridas, y de los días que engullían a otros días. Poco a poco fue una pregunta que se fue quedando soterrada hasta creer que ya no reverberada dentro de mi. 

De todas las cosas que poco a poco Mar y yo fuimos recomponiendo de esos dos meses siendo tres, destacamos una claramente. Tener la experiencia del embarazo y su fugaz primavera significó para Mar una clara determinación por no renunciar a ella. Ahora que había(mos) saboreado ese estado, no desistiría(mos) en seguir buscándolo nuevamente. 

Los meses siguieron mudando su piel hasta que, antes de lo que esperábamos, tuvimos el anuncio de que Mar estaba otra vez embarazada. La alegría, la cautela y el pánico a otra semilla truncada han  sido constantes desde entonces. Mar, que es una mujer inteligente de la cabeza al pecho (eso es más que decir "de la cabeza a los pies"), escogió la alegría asumiendo los riesgos. Yo confieso que no he podido quitarme ese miedo rastrero y vil que se arrastra por el corazón disfrazado de prudencia hasta ahora (escribo esto y al desenmascararlo tiemblo y lloro). 

Hace unas pocas semanas me decidí a compartir la buena noticia con una voluntaria que colabora en mi trabajo, una religiosa teresiana de profunda hondura espiritual y lúcida vivencia del Evangelio. Se alegró mucho al escucharme y tras unos segundo de silencio mirándome fijamente me dijo "Lo que te voy a contar  quería habértelo dicho una vez hubiera nacido pero te lo digo ahora: he estado rezando a vuestro hijo perdido para que interceda y acompañe a su hermano hasta su nacimiento".

Mi primera reacción -durante un instante- fue  mirarla con gratitud condescendiente por semejante pensamiento casi infantil. Pero acto seguido, y sin saber cómo, de repente rompí a llorar sin entender por qué. En mi corazón apareció de nuevo la pregunta de dónde está mi hijo, pero en esta ocasión sentía que sí sabía de su lugar y su cercanía. La voluntaria respetó mi lloro sin interrumpirlo y sin dejar de mirarme y sonreír. Esa misma noche le conté a Mar lo sucedido. 

Es extraño, pero desde ese momento algo cambió. Los días posteriores recordaba la conversación y mi corazón se aligeraba. Mi hijo dejó de ser un desaparecido, un raptado, un anónimo, un fantasma, una no-presencia de dolor, y recuperó el lugar que tenía en nuestras vidas aunque ya no estuviera en el vientre de su madre. No tiene nada que ver con creer o no creer. Es más sutil que eso. Más inconsciente. Ha sido un reencuentro tras meses de viajar en una aparente oscuridad. 

Desde entonces nos gusta sentir que allí donde vamos nuestro hijo nos sigue acompañando, e incluso nos cuida, a los tres que volvemos a ser. Está con nosotros desde el amor y ahí permanecerá hasta el final de nuestros días. No le llegamos a conocer y sin embargo hay una conexión íntima y constante.

En este mes de noviembre, mes de todos los santos, y que podría haber sido su mes de alumbramiento, recordamos especialmente su presencia y cómo cambió nuestras vidas para siempre. 

Posdata: comparto ahora un poema de Francisca Aguirre que Mar me enseñó tras sufrir el aborto y que, pasado el primer mes de penumbra, nos dio luz, fuerzas y aceptación. 

Se titula:

 NO OS CONFUNDÁIS.

Y cuando ya no quede nada

tendré siempre el recuerdo

de lo que no se cumplió nunca.

Cuando me miren con áspera piedad

yo siempre tendré

lo que la vida no pudo ofrecerme.

Creedme:

todo lo que pensáis que fue destrozo y pérdida

no ha sido más que conjetura.

Y cuando ya no quede nada

siempre tendré lo que me fue negado.

No os confundáis: con lo que nunca tuve

puedo llenar el mundo palmo a palmo.

Tanto miedo tenéis que no habéis advertido

la riqueza que se oculta en la pérdida.

Desdichados,

poca ganancia es la vuestra

si nunca habéis perdido nada.

Yo sí he perdido:

yo tengo, como el náufrago,

toda la tierra esperándome.