Mensual

Somos fantasmas

Temes que aparezca cuando apagas la luz. Lo imaginas debajo de la cama. Esperándote en el pasillo. A tu lado mientras duermes. Temes la visión grotesca de algo inexplicable.

No llegas a comprender que se manifiesta de otras formas, más cotidianas. Esa presión en la nuca. El calor en las sienes. La garra apretándote el corazón. Esa nube negra que no te deja levantarte. Que te sacude cuando conduces, cuando caminas por la calle.

Temes al fantasma y no llegas a comprender que el fantasma eres tú.

Mis ánimas

Mis ánimas

Todo lo que veo es campo. Un campo verde, extenso, infinito, de hierba larga, en apariencia blanda. Cuando comienzo a andar, descalza, me dio cuenta de que bajo las plantas hay tierra que, húmeda, se pega a mi piel. Durante los siguientes pasos me doy cuenta de que el campo verde, extenso, infinito, y de apariencia suave, hay piedras pequeñas que se clavan en las plantas de los pies…

Pócima contra el miedo

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Por aquella época me costaba dormir. Habían pasado muchas cosas en poco tiempo y la mayoría me habían hecho demasiado daño, dejándome los nervios destrozados. Saltaba con cualquier ruido fuera de lugar que sonara a mi alrededor. Mis amigos empezaron a alejarse, a poca gente le gustan las personas que lloran. Me encontraba sola y empecé a cogerle cierto gusto a la tristeza y al abandono. Sabía que si no salía de aquel pozo pronto, era posible que me quedara a vivir allí de por vida. Entonces decidí emprender un viaje. Metí una mochila con algunas cosas en el coche, la cámara de fotos siempre a punto. Y me dirigí al norte, al sitio exacto donde habían empezado mis problemas.

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Fue en aquella excursión donde aprendí a hablar con los fantasmas. Empezaron a dejarse ver cuando llevaba pocos kilómetros recorridos, creo que estaban esperando a que me alejara de la seguridad que me daba Madrid. El primero apareció en el asiento del copiloto cuando cruzaba las tierras secas de Castilla. Empezamos a hablar de cosas triviales, me preguntó por aquel erial. Y acabamos hablando de los desencuentros, de los aprendizajes de la vida y del porqué de algunas cosas. "Yo solo sé que no me merecía lo que me pasó. Pero gracias a eso, ahora soy mejor persona"; cuando terminé de decir aquella frase, miré a mi derecha y el fantasma se había ido.

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El segundo me esperaba en la habitación que había reservado en aquel hostal al norte del norte. Estaba sentado en la cama, de espaldas a la puerta, mirando por la ventana. Aquel fantasma olía a lluvia y a hojas secas, a invierno. Me traía recuerdos agridulces. El tercero me habló en medio de un bosque. Y así fueron llegando uno tras otro, a lo largo de nueve días.

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Hablar y entender a mis fantasmas no fue fácil, pero fue muy productivo. Con el tiempo entendí que era necesario hacerles frente y preguntarles por qué. Nunca olvidaré todo lo que aprendí en aquel viaje.

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Los que permanecen aunque ya no estén

Según pasan los años uno se ha de acostumbrar a ese ciclo cada vez más acelerado de “lo que viene y lo que se va”.

Que las cosas cambien se tolera con relativa facilidad y a pesar de la primera indigestión. A veces ocurre de manera tan sutil y pausada que lo percibimos sólo cuando miramos atrás. Otras veces acontece sin aviso previo y sin dejarnos tiempo a reaccionar, como una tormenta en medio de la placidez del verano.

Un trabajo, la vivienda, nuestras aficiones, lugares significativos… Antes o después te adaptas sin cargar con demasiado peso. Sí, que las cosas cambien se tolera con relativa facilidad.

Pero, ¿y las personas que, siendo importantes para nosotros, desaparecen de nuestra vida para siempre?.

¿Cuánto pesa una palabra que se quedó escondida en la boca y que no se dijo a tiempo? Esas palabras se nos cosen a la lengua y por mucho que las profiramos después, ya a destiempo, no conseguimos hacerlas más livianas.

¿Cuánto libera un abrazo y un “te quiero” compartido antes de la marcha? Aunque haya sido torpe y desentrenado a falta de costumbre.

¿Cómo cuidas la presencia de ese ser que ya no está para seguir haciéndola cotidiana en tu vida? Sin peso ni tristeza.

¿Cómo honras su memoria desde la gratitud? Es impresionante cómo la distancia y el silencio ayudan a endulzar los recuerdos y a perdonar antiguas ofensas.

Quieras o no quieras, lo reconozcas o no, los que se fueron siguen estando presentes, contigo, en ti.

“Habla” con tus muertos, el cómo es lo de menos… es algo que seguro te mereces.

¿Y si nada sirve?

Lo reconozco, periódicamente me entra la duda. ¿Y si nada de lo que hacemos aquí sirve para nada? ¿Y si todo es tan absurdo como salir a hacer arquitectura con un objetivo macro?

Luego lo pienso un poco más, ¿por qué todo lo que hago tiene que servir para algo?

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PD: Para los madrileños. Ópera. Plaza de España. Palacio Real. Callao. Preciados. Sol. ¿Os dice algo?

El mar bajo la piel

-Aquí no somos muy de hablar.

Lo dices mientras calientas el agua para el té.

Aquí no somos muy de nada, pienso yo. Somos de silencios largos. De miradas al frente, somos de echar a caminar. Lo que haya dentro se traga, por qué tiene que enterarse nadie de lo que te pasa. La gente todo lo quiere saber. 

Aquí no somos muy de abrazos. Ni de lágrimas. De gritos sí, de eso sí que hemos sido, y de portazos. Pero es que tampoco te lo vas a callar todo. Luego con el tiempo se arregla, la vida lo vuelve a poner todo en su lugar. Diez, veinte años, los que sean. Hasta que pase algo más importante que cualquiera de nosotros. Tampoco somos de pedir perdón. No es necesario, ya se entiende. 

Aquí no somos de decirnos las cosas. Qué manía con hablarlo todo. Aquí somos de levantarnos sin más y seguir como si nada. De curtirnos la piel, eso sí. La piel curtida de aguantar los golpes, lo que haya debajo es otra cosa.

Aquí debajo de la piel tenemos el mar, un mar oscuro, denso, casi opaco, un mar que sacude y devora. No somos muy de nada, pero del mar sí que somos. Del mar vamos a ser siempre.

Numerología

En la mesa del salón, encontraste un álbum de fotos que hacía tiempo que no veías. No sabías que hacía allí, pero imaginaste que Eli lo había sacado de su sitio en algún momento de nostalgia. Aunque algo dentro de ti decía que no miraras dentro, tus manos fueron por libre y lo abrieron con cuidado. Al principio, no reconociste a las personas que salían en las fotos, pero una de ellas eras tú. Alguien distinto a quien eras ahora, en apariencia más alegre, pero con ese trasfondo triste tan característico. Y llegaste a las dos últimas páginas, donde alguien había pegado algunas imágenes de un verano que pasaste en Nueva York. En aquellas fotos no aparecía ninguno de vosotros, es como si la fotógrafa supiera exactamente lo que pasaría años después.

Solo recuerdos de la calle y de la gente que paseaba por la ciudad en aquel momento. Entremezclados con los paisajes, una serie de números habían aparecido por un fallo en el revelado del carrete. Ahora los veías como símbolos que contaban los meses que habían pasado desde ese viaje hasta que todo había empezado a desmoronarse.

Cuántos recuerdos pueden almacenarse en un trozo de papel. Ay, el poder de la fotografía...

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Salirse del camino convexo

En matemáticas usamos un método para intentar encontrar una solución óptima a un problema: seguir el camino de menor resistencia. Ir en contra del gradiente, pero en mi cabeza suena más como ir a favor de pendiente. Y si lo piensas, no lo hacemos sólo sobre el papel, sino que nuestra vida va un poco así: de un punto al siguiente siempre por el camino más fácil.

Viajamos como vivimos: normalmente a lo fácil, de monumento en monumento repitiendo lo que ya hemos visto en la guía. Y por el camino nos dejamos lo difícil. La experiencia, lo que no es turístico.

Todo esto lo pienso en un autobús de vuelta de Göreme a Kayseri mientras ojeo las fotos en la pantalla de la cámara. Y me alegro porque sólo tengo monumentos el primer día.

Os presento mi versión de Turquía, sin Santas Sofías ni Mezquitas Azules. ¿Es cómo la imaginabais?

12 años

¿Cuánto tiempo  tardas en darte cuenta de que un desconocido forma parte de tu vida?

A mí me ha llevado 12 años.

 

En todo este tiempo ha habido etapas de vernos casi todos los días de la semana, y periodos de largos meses sin cruzarnos.

Es posible que también forme parte de la vida de varios de vosotros y tampoco hayáis reparado en ello.

Es una mujer. Una mujer que canta en el metro. Concretamente en el metro de Diego de León (Madrid), en uno de esos largos pasillos donde se enlazan varias líneas del subterráneo. 

Ha estado presente en mi vida desde que comencé a pasar por esa estación para ir a trabajar. Madruga siempre más que yo, así que de verla tanto en el mismo lugar ha ido configurándose como parte del mobiliario de ese mundo de bostezos, ojos somnolientos y prisas que habitan el metro a primera hora de la mañana.

En mitad de las multitudes que avanzamos como un amago de ejército desacompasado, ella aporta el matiz de humanidad y calor que hace que el tránsito de una línea a otra sea un poco más corto. A pesar de que no canta bien (y está lejos de conseguirlo), y de que las canciones sobre las que canta son grabaciones midi propias del más cutre de los karaokes, su presencia y su voz se me antojan como una palmadita en la espalda a todos los que pasamos.

Si te centras en la música y observas a la gente caminando atropellada casi parece que hubiera una coreografía improvisada que suaviza esa sensación de rebaño propia de las 8 de la mañana.

Durante este tiempo, y sin ser consciente, he sido testigo de cómo su voz se iba perdiendo y deteriorando.  12 años forzando la voz todos los días durante varias horas le destroza la garganta a cualquiera -sobre todo, si no tienes técnica-. Y ahí está ella, con afonía crónica, con una amplitud tonal cada vez más limitada, y sin embargo me parece percibir en su constancia una voluntad de hacer más llevaderos unos minutos del día a todos los que caminamos por “su pasillo”.

Sí, en realidad está pidiendo dinero, lo sé. No es algo desinteresado, lo sé. Pero aún así creo que su labor aporta algo inestimable a mi día a día.

Hace meses empecé a pensar en el tiempo que llevaba cruzándome con ella y al tomar conciencia de estos 12 años empecé a sentir gratitud hacia ella.

Empecé a considerar que 12 años son suficientes como para intercambiar unos “buenos días” y una sonrisa sincera de vez en cuando. 

Un día, con la llegada del verano, dejó de estar.

1 día, 2 días, 3 días, 1 semana, 2 semanas, 3 semanas….

Su rincón sigue vacío y ahora impera en el largo pasillo el sonido tosco de las pisadas del rebaño. Sin música hay una atmósfera como de matadero. Una frialdad que cuesta quitársela del estómago tan a primera hora de la mañana, sin haber desayunado.

 El tiempo pasa y sigue siendo un misterio qué ha sido de su voz rota y desafinada.

 

12 años cruzándome con ella y es precisamente ahora, cuando ya no está, cuando me entra la urgencia de agradecerla su compañía.