Mensual

Los que permanecen aunque ya no estén

Según pasan los años uno se ha de acostumbrar a ese ciclo cada vez más acelerado de “lo que viene y lo que se va”.

Que las cosas cambien se tolera con relativa facilidad y a pesar de la primera indigestión. A veces ocurre de manera tan sutil y pausada que lo percibimos sólo cuando miramos atrás. Otras veces acontece sin aviso previo y sin dejarnos tiempo a reaccionar, como una tormenta en medio de la placidez del verano.

Un trabajo, la vivienda, nuestras aficiones, lugares significativos… Antes o después te adaptas sin cargar con demasiado peso. Sí, que las cosas cambien se tolera con relativa facilidad.

Pero, ¿y las personas que, siendo importantes para nosotros, desaparecen de nuestra vida para siempre?.

¿Cuánto pesa una palabra que se quedó escondida en la boca y que no se dijo a tiempo? Esas palabras se nos cosen a la lengua y por mucho que las profiramos después, ya a destiempo, no conseguimos hacerlas más livianas.

¿Cuánto libera un abrazo y un “te quiero” compartido antes de la marcha? Aunque haya sido torpe y desentrenado a falta de costumbre.

¿Cómo cuidas la presencia de ese ser que ya no está para seguir haciéndola cotidiana en tu vida? Sin peso ni tristeza.

¿Cómo honras su memoria desde la gratitud? Es impresionante cómo la distancia y el silencio ayudan a endulzar los recuerdos y a perdonar antiguas ofensas.

Quieras o no quieras, lo reconozcas o no, los que se fueron siguen estando presentes, contigo, en ti.

“Habla” con tus muertos, el cómo es lo de menos… es algo que seguro te mereces.

¿Y si nada sirve?

Lo reconozco, periódicamente me entra la duda. ¿Y si nada de lo que hacemos aquí sirve para nada? ¿Y si todo es tan absurdo como salir a hacer arquitectura con un objetivo macro?

Luego lo pienso un poco más, ¿por qué todo lo que hago tiene que servir para algo?

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PD: Para los madrileños. Ópera. Plaza de España. Palacio Real. Callao. Preciados. Sol. ¿Os dice algo?

El mar bajo la piel

-Aquí no somos muy de hablar.

Lo dices mientras calientas el agua para el té.

Aquí no somos muy de nada, pienso yo. Somos de silencios largos. De miradas al frente, somos de echar a caminar. Lo que haya dentro se traga, por qué tiene que enterarse nadie de lo que te pasa. La gente todo lo quiere saber. 

Aquí no somos muy de abrazos. Ni de lágrimas. De gritos sí, de eso sí que hemos sido, y de portazos. Pero es que tampoco te lo vas a callar todo. Luego con el tiempo se arregla, la vida lo vuelve a poner todo en su lugar. Diez, veinte años, los que sean. Hasta que pase algo más importante que cualquiera de nosotros. Tampoco somos de pedir perdón. No es necesario, ya se entiende. 

Aquí no somos de decirnos las cosas. Qué manía con hablarlo todo. Aquí somos de levantarnos sin más y seguir como si nada. De curtirnos la piel, eso sí. La piel curtida de aguantar los golpes, lo que haya debajo es otra cosa.

Aquí debajo de la piel tenemos el mar, un mar oscuro, denso, casi opaco, un mar que sacude y devora. No somos muy de nada, pero del mar sí que somos. Del mar vamos a ser siempre.

Numerología

En la mesa del salón, encontraste un álbum de fotos que hacía tiempo que no veías. No sabías que hacía allí, pero imaginaste que Eli lo había sacado de su sitio en algún momento de nostalgia. Aunque algo dentro de ti decía que no miraras dentro, tus manos fueron por libre y lo abrieron con cuidado. Al principio, no reconociste a las personas que salían en las fotos, pero una de ellas eras tú. Alguien distinto a quien eras ahora, en apariencia más alegre, pero con ese trasfondo triste tan característico. Y llegaste a las dos últimas páginas, donde alguien había pegado algunas imágenes de un verano que pasaste en Nueva York. En aquellas fotos no aparecía ninguno de vosotros, es como si la fotógrafa supiera exactamente lo que pasaría años después.

Solo recuerdos de la calle y de la gente que paseaba por la ciudad en aquel momento. Entremezclados con los paisajes, una serie de números habían aparecido por un fallo en el revelado del carrete. Ahora los veías como símbolos que contaban los meses que habían pasado desde ese viaje hasta que todo había empezado a desmoronarse.

Cuántos recuerdos pueden almacenarse en un trozo de papel. Ay, el poder de la fotografía...

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Salirse del camino convexo

En matemáticas usamos un método para intentar encontrar una solución óptima a un problema: seguir el camino de menor resistencia. Ir en contra del gradiente, pero en mi cabeza suena más como ir a favor de pendiente. Y si lo piensas, no lo hacemos sólo sobre el papel, sino que nuestra vida va un poco así: de un punto al siguiente siempre por el camino más fácil.

Viajamos como vivimos: normalmente a lo fácil, de monumento en monumento repitiendo lo que ya hemos visto en la guía. Y por el camino nos dejamos lo difícil. La experiencia, lo que no es turístico.

Todo esto lo pienso en un autobús de vuelta de Göreme a Kayseri mientras ojeo las fotos en la pantalla de la cámara. Y me alegro porque sólo tengo monumentos el primer día.

Os presento mi versión de Turquía, sin Santas Sofías ni Mezquitas Azules. ¿Es cómo la imaginabais?

12 años

¿Cuánto tiempo  tardas en darte cuenta de que un desconocido forma parte de tu vida?

A mí me ha llevado 12 años.

 

En todo este tiempo ha habido etapas de vernos casi todos los días de la semana, y periodos de largos meses sin cruzarnos.

Es posible que también forme parte de la vida de varios de vosotros y tampoco hayáis reparado en ello.

Es una mujer. Una mujer que canta en el metro. Concretamente en el metro de Diego de León (Madrid), en uno de esos largos pasillos donde se enlazan varias líneas del subterráneo. 

Ha estado presente en mi vida desde que comencé a pasar por esa estación para ir a trabajar. Madruga siempre más que yo, así que de verla tanto en el mismo lugar ha ido configurándose como parte del mobiliario de ese mundo de bostezos, ojos somnolientos y prisas que habitan el metro a primera hora de la mañana.

En mitad de las multitudes que avanzamos como un amago de ejército desacompasado, ella aporta el matiz de humanidad y calor que hace que el tránsito de una línea a otra sea un poco más corto. A pesar de que no canta bien (y está lejos de conseguirlo), y de que las canciones sobre las que canta son grabaciones midi propias del más cutre de los karaokes, su presencia y su voz se me antojan como una palmadita en la espalda a todos los que pasamos.

Si te centras en la música y observas a la gente caminando atropellada casi parece que hubiera una coreografía improvisada que suaviza esa sensación de rebaño propia de las 8 de la mañana.

Durante este tiempo, y sin ser consciente, he sido testigo de cómo su voz se iba perdiendo y deteriorando.  12 años forzando la voz todos los días durante varias horas le destroza la garganta a cualquiera -sobre todo, si no tienes técnica-. Y ahí está ella, con afonía crónica, con una amplitud tonal cada vez más limitada, y sin embargo me parece percibir en su constancia una voluntad de hacer más llevaderos unos minutos del día a todos los que caminamos por “su pasillo”.

Sí, en realidad está pidiendo dinero, lo sé. No es algo desinteresado, lo sé. Pero aún así creo que su labor aporta algo inestimable a mi día a día.

Hace meses empecé a pensar en el tiempo que llevaba cruzándome con ella y al tomar conciencia de estos 12 años empecé a sentir gratitud hacia ella.

Empecé a considerar que 12 años son suficientes como para intercambiar unos “buenos días” y una sonrisa sincera de vez en cuando. 

Un día, con la llegada del verano, dejó de estar.

1 día, 2 días, 3 días, 1 semana, 2 semanas, 3 semanas….

Su rincón sigue vacío y ahora impera en el largo pasillo el sonido tosco de las pisadas del rebaño. Sin música hay una atmósfera como de matadero. Una frialdad que cuesta quitársela del estómago tan a primera hora de la mañana, sin haber desayunado.

 El tiempo pasa y sigue siendo un misterio qué ha sido de su voz rota y desafinada.

 

12 años cruzándome con ella y es precisamente ahora, cuando ya no está, cuando me entra la urgencia de agradecerla su compañía.

Entonces... ¿tu verano también se ha acabado?

¿También se ha acabado tu verano?

El mío sí.

Por ello trato de sostener en la memoria  los lugares que he pisado en las últimas semanas. Trato de apurar los olores, los sonidos,  y los días tranquilos de mar y bosque.

Hay tierras que sanan, Galicia es una de ellas. Hay una musicalidad ligera y alegre en su atmósfera que se materializa en el acento de los lugareños.

Te devuelve las ganas de disfrutar de la comida como cuando eras niño, y de repente llenas los pulmones con mucho más aire del que te recordabas capaz.

El verano se ha terminado. Además de un día para otro.

Tampoco vamos a ponernos dramáticos, os confieso que no me ha dado pena regresar a mi seco y caluroso Madrid ni al trabajo. Año tras año siempre afronto estas transiciones vacacionales como un reto. ¿a ver cuánto tiempo consigo no repetir los hábitos con los que llegué a mis vacaciones? Ya sabéis, esos como respirar rápido, no llenar los pulmones del todo, apretar el estómago ante la lista de cosas que has de hacer a lo largo del día, comer a toda velocidad, etc. Seguro que podéis ampliar la lista con ejemplos propios.

Pero volvamos a lo importante, Galicia sana.

Ahora toca tratar de buscar el murmullo del mar en el sonido lejano de las carreteras, y el fulgor verdoso del follaje en el granito de los edificios.  Soy capaz de eso y más.

Entonces… ¿tu verano también se ha acabado?

La bailarina que me salvó

La inspiración es maravillosa. Lo malo es que suele estar bastante escondida la muy... esquiva. 

Hay una cita que me encanta: la inspiración no está donde la buscas, está donde la encuentras. Esa frase la encontré en una camiseta, lo que le resta un poco de epicidad al asunto pero la reafirma.

Os cuento esto porque no la he encontrado durante meses. No veía el tiempo ni las ganas de volver a encontrarla. Tanto, que la opción de tomar un descanso largo ha pasado varias veces por mi cabeza. Centrarme en mi trabajo, olvidarme de la necesidad creativa y si vuelve a llamar a la puerta, pues ya veremos. 

Pero siempre hay una bailarina en mi vida que me la devuelve. Siempre con una idea medio improvisada, siempre sin saber muy bien qué resultado buscamos. A veces me empeño en que la inspiración tiene que materializar una idea concreta, pero la mayoría de las veces trae más bien una sensación bastante difusa. Y sobre esa idea difusa, hay que salir a experimentar.

Se me olvida con bastante frecuencia y una vez más había pensado en dejarlo un tiempo. Una vez más, fue una bailarina la que me salvó.

PD: Gracias Irene.

Recompensa

- ¿¿Cómo piensas subir hasta ahí??
- Pones un pie y luego el otro. Y así hasta arriba.

Creo que mi tono de sorna no ha sentado muy bien, pero no quiero escépticos al pie de la montaña. Si venimos, subimos. Es la ley del montañero dominguero y hay que cumplirla. Si hay un mirador ahí arriba, hay que subir a mirar. Si hay un mojón más alto, ese es el destino. No importa cuán alto. Creo que por eso hay gente que ya no quiere venir conmigo. Creo que por eso mismo, hay gente que quiere venir cada vez que me escapo. 

Porque la montaña me enseña una lección maravillosa cada vez que voy: si te esfuerzas un poco, sólo un poco, te lo recompensa siempre. 

Con absolutas creces.

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PD: Ningún animal sufrió en la realización de estas fotografías, excepto un servidor mismo. Ningún material fue extraviado aunque una bota volvió con el doble de su peso gracias a una piscina de barro que no parecía tan profunda. Ninguna caloría fue malgastado en el discurrir de esta marcha porque a la bajada había bocatas de tortilla. Venirse todos al monte conmigo, no se aburrirán.