Mensual

Viento, sal, palabras y arena

"Reconozco que me es más fácil hablar de mí a través de lo que escribo", me dijiste. No hacía falta que lo juraras; nos conocíamos desde hacía algunos años y esa frase me sorprendió porque hasta entonces nunca me habías dicho nada que tuviera que ver con cómo te sentías. Los ojos te brillaban más que de costumbre, probablemente por las cuatro latas de cerveza que se acumulaban en tu toalla. "Algún día viviré aquí y entonces mi vida será un verano continuo. Y solo tendré que escribir y mirar al mar".

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"Tendré una casa vieja con la puerta pintada de verde musgo. Y me rodearán las flores y los libros. Y no tendré prisa. Estoy segura de que aprenderé a no tener prisa viviendo cerca del mar".

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Miraste satisfecha al horizonte, y afirmaste sin decir nada. Estabas soñando con esa casa en la que pasarían tantas cosas. Cualquier momento era bueno para que dejaras de vivir en el presente.

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"Todas las mañanas, nada más despertarme, abriré las ventanas para que entre el olor a sal. Y me quedaré un buen rato mirando el paisaje. Porque desde las ventanas de mi casa vieja se verá una playa increíble, que me hará sentir muy pequeña, pero muy libre. Lo tengo todo pensado. Solo es cuestión de tiempo". Me hubiera gustado decirte que si esforzabas y ponías tu empeño en ello, tu deseo se iba a hacer realidad. Pero las dos sabíamos que no era así. Decidí que lo mejor era soñar contigo. 

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"Yo vendré a visitarte todos los veranos. Y me enseñarás a montar en bicicleta. ¿Te parece normal que a mis 33 años no sepa? Y comeremos helados y beberemos cerveza, siempre rodeadas del viento, la sal y la arena. Los gatos del pueblo vendrán a saludarnos. Y los vecinos serán personas molonas a las que podremos invitar a merendar de vez en cuando". Tuve que callarme al darme cuenta de que estabas llorando.

La primera del carrete

Parece mentira en pleno siglo XXI, pero aquí disparamos mucho carrete. Lo montas, cargas la primera foto, disparas y zas. Cortada. Bienvenido a la primera del carrete.

Hay una parte mágica en saber donde va a caer esa línea que corta tu primera foto. Esa parte ese el sol quemando tu negativo antes de que cierres la tapa. Porque siempre hay un pedacito de negativo que le da el sol.

Nunca sabes qué va a salir de la primera del carrete. Nunca sabes que va a salir del primer año de un proyecto. Este ha sido nuestro año. Estas son nuestras primeras fotos de muchos carretes.

Kenopsia

I.

El mar. Las olas rompiendo. Una lágrima cayendo al agua. Insonora, como todo lo que ocurre aquí. Una cuerda sepultada por la arena. Apenas un grito que se confunde con cualquier otra cosa, ahí, donde las olas rompen y se alzan. Salvajes, como una herida que no sangra, pero escuece. Como las pisadas aceleradas por la arena para no ser atrapadas por ella. El mar. Las olas rompiendo. Una lágrima cayendo al agua. Los brazos extendiéndose para abrazar una piel que ya sabe a sal. Tras la carrera, todo parece calma, incluso el oleaje furioso que te rodea y te arrastra, para luego devolverte a la orilla, y arrastrarte una vez más. Los últimos rayos resplandecen y deslumbran al tocar el agua en movimiento. Como un espejo inmenso en el que avanzas en busca de tu reflejo.

II.

La culpa. En la arena, el sol desvaneciéndose, el vacío donde antes la risa lo llenaba todo. Con la piel llena de arena. La culpa. Como un hilo llevado por una ola. Se acerca y se aleja. Intentas cortarlo. La culpa.

III.

Sigues ahí…

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Cosas que pasan

Contaba en mi última entrada que las fotografías que hago en mis viajes son para mi como diarios de a bordo, en los que intento atrapar todas las experiencias que vivo, las cosas que veo, los aspectos que distinguen ese lugar y ese momento de otros en mi vida.

Hace tiempo que decidí viajar sólo con mi cámara analógica, con las ventajas y los riesgos que eso entraña. Un obturador que se pone tonto y al revelar te encuentras la mitad de tus fotografías completamente negras, un objetivo viejo que se encasquilla y no quiere enfocar… En mi obsesión por viajar ligera, sigo llevándome sólo una cámara, a pesar de todas esas experiencias y de los disgustos que me he llevado cuando han ocurrido. Soy así.

Y por ser así me acabo encontrando en una isla del océano Índico buscando una cámara desechable en todas las tiendas de souvenirs habidas y por a ver por qué mi cámara se ha vuelto loca después de un desafortunado viaje en barco. Tras horas buceando entre imanes feos y cosas fabricadas con conchas, una Agfa Le Box con carcasa sumergible que parece de juguete aparece como un milagro. 

La maravilla de una desechable es la libertad de disparar sin planear, sin detenerte a preparar nada, simplemente capturar lo que tu ojo está viendo. 

Muchas veces me he maldecido a mi misma por mi falta de previsión. Pero cuando veo estas fotos y pienso en sus circunstancias me alegro de ser tan desastre. A veces salen cosas buenas. Sólo a veces.

Cuadernos de viaje

De las cosas que me gustaría ser capaz de hacer, dibujar siempre ha sido la primera. Con dibujar me refiero a que mis manos sean capaces de ejecutar con perfecta precisión lo que mi cabeza les ordena, y no un amasijo de líneas mal trazadas y formas grotescamente desproporcionadas, que es lo que a mi me sale.

Sobre todo, siempre me ha dado mucha envidia esa gente que siempre lleva un cuaderno, y va creando un diario de su día a día, o de cosas que le pasan, plasmándolas en dibujos. Como chapucera irremediable no sólo admiro a esa gente, la envidio de verdad, por poder crear con sus manos.

Este sentimiento se agudiza cuando estoy de viaje, quizá por que es el único momento en el que disfruto de mi tiempo con la suficiente constancia como para poder llevar un cuaderno y escribir en él. Como ya son muchos años de conocerme a mi misma y mis limitaciones, ya no me frustro cuando intento garabatear algo y sólo consigo un borrón horroroso. 

Lo que he aprendido es que yo también puedo hacer cuadernos de viajes a través de mis fotos. Los hago sin darme cuenta, fotografiando cada cosa que me llama la atención, cada cosa que me resulta ajena a mi cotidianidad. Así voy trazando el diario de mis experiencias y aquí os comparto el cuaderno de mi último viaje. La historia de por qué es un cuaderno incompleto ya os la cuento luego.

Vivir entre químicos

Empecé tarde con esto de la fotografía analógica. En 2016. Ya tenía el virus de la fotografía metido hasta dentro. Siempre he sido muy pro-tecnología, y por tanto, muy anti-carrete: obsoleto totalmente, más caro de consumir en el día a día, más lento, no lo puedo editar en el ordenador, otros ven mis fotos antes que yo, ...

No entendía por qué la gente seguía utilizando película. Ay, hipsters.

Pero encontré una excusa. ¿Qué eso del formato medio que es más grande que el 35mm? ¿Merece la pena? Así que lo empecé como todo lo que empiezo: a lo bestia y sin tener mucha idea. Le robé una formato medio de 2 toneladas a mi tío porque, si iba a probar el analógico, había que probarlo a lo difícil. Y a lo caro.  

Dos años después, tengo 5 cámaras analógicas y la mayor parte de mi producción de 2018 ha sido en carrete. Hay 2 ampliadoras y una pila de cubetas y químicos en el cuarto de atrás. 

Acabáis de ver una fila por cada cámara. Si a menos alguna no os parece maravillosa, no puedo convenceros de que los probéis :)

Escribo esto hoy porque ayer tuve una charla sobre fotografía con unos alumnos de una escuela de idioma. Me preguntaron que qué medio prefería. Para trabajo personal, el analógico. Porque tienes 36 disparos, o menos, porque todos cuentan. Porque dedicas más trabajo a la interacción personal. Porque son equipos baratos que demuestran que con poco se puede hacer mucho.

Porque para currar, ya tengo el digital.

 

Dos veces sencillo

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Lo que más me gusta de la danza y la fotografía es que parezca sencillo. Como un post de dos líneas. Como una sesión con un fondo blanco y una bailarina en medio.

Parece sencillo, ¿no?

PD: Gracias Paula.

Costabravismo

Tras nueve horas de carretera ya empieza a oler a mar.

La arena es dura, el agua clara. Ya estamos aquí. Ya es verano.

Las sombrillas, las toallas. Los barcos, la luna. Las calles empedradas, las flores en las ventanas. Hay una fiesta en el pueblo. 

La sal en el pelo. La sal en la piel. Las frutas del mercado. Los señores jugando a las cartas en el Café. 

Tanta gente se enamora de estos pueblos. Vuelven cada año, a desconectar del mundo. A este oasis donde el tiempo corre de otra manera. 

A mi también me gustaría volver. Ser como estas señoras que vienen desde hace treinta años. Que conocen todo lo que pasa por aquí. Hoy hay sardanas en la plaza. Mañana tenéis que subir a ver el faro.

Último desayuno. El viaje es largo. 

Nos gustaría quedarnos pero prometemos volver. Prometemos volver cada año, para descansar de la vida. Para conectar con la vida, más bien.

El barrio es ¿nuestro?

Últimamente he paseado mucho por Vallecas. No es algo que quería hacer, sino que me han medio obligado. Lo que más me llama la atención es ese tufillo a decadencia que hay en ciertas zonas.  Como en todos los barrios de la periferia, dirás. No. No siento ese abandono en mi barrio, Canillejas, no lo siento en Moratalaz, ni en Aluche. Es como si se hubieran rendido.

Así que este proyecto que no quería hacer, en un barrio que no quería conocer, se ha convertido en un pequeño fotolibro, en cuyo original hay una errata garrafal porque yo también me rendí con el proyecto. Me ha parecido tan apropiado que, tras otro intento fallido de corregirlo, así se ha quedado impreso.

Lo que veis aquí es una versión digital del original. Está impreso en un cuaderno comprado en una tienda que iba a cerrar en el barrio. Por eso veis la cuadrícula.

El nombre viene de una escultura del colectivo Todo por la Praxis que pretende dar visibilidad precisamente a este movimiento. Instalada en el parque de Palomeras Bajas, sólo tenía permiso para ocupar ese espacio 3 meses y luego hubo que luchar para conseguirle un emplazamiento fijo. Como si alguien no quisiera que eso estuviera allí. Hecha de ladrillo, un material tan poco noble, tan de Vallecas, tan como el cuaderno que se merecía llevar ese título.

El cuaderno es un recorrido por las tiendas tapiadas del barrio y por los centro comerciales abierto de par en par que han barrio algunos de esos negocios.

Así que sí. El barrio es nuestro. Pero todo, ¿o sólo lo que nos dejan?

Basilia

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Basilia abrió la puerta de su casa y dijo en alto: "ya he vuelto". Dejó el bastón apoyado en la pared y tiró del carro de la compra para arrastrarlo hasta la cocina. La ventana del pasillo estaba medio abierta y se asomó para ver qué hacía el vecino de enfrente. Ni rastro de él. Volvió a la cocina para colocar en la encimera la barra de pan y el jamón york que había comprado. "Tanto carro para esto. Podía haber cogido una bolsa", murmuró. Pero la realidad es que no podía. Le dolían tanto los huesos que cualquier peso de más colgando de sus manos era un suplicio. Con paso lento anduvo hasta el salón y se sentó en el sillón. Fijó la vista en el armario de madera con vidrieras de cristal donde guardaba vasos, copas y cubertería como para una boda. Tenían una capa de polvo de un par de centímetros de grosor. Escuchó en su cabeza la voz de Fernando diciendo: "Pero Basilia, para qué guardas tantas cosas, si nunca las utilizamos". 

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Un soplo de aire con olor a verano entró por la ventana y le dio en la cara, trayéndole recuerdos que creía perdidos. Una playa en Santander. El sonido de las gaviotas revoloteando. "Hay cangrejos, quisquillas, caracolillos, patatas fritas. Llorad, llorad, niños, que viene la patatera". Un novio al que quiso con locura. Un balcón con vistas al mar donde siempre se sentaba a leer. Un rosario con las cuentas de color morado.

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"Qué buen momento para morirme", pensó. Cerró los ojos y esperó.

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