Mensual

La inspiración escondida

En los últimos tiempos algo no anda bien. Noto una presión en la boca del estómago y a veces me cuesta respirar. Me siento desubicada. Llevo meses sin escribir en condiciones. Qué decir de las fotos. Me enfrento a la cámara y al papel con agobio, buscando algo que no llega; ¿dónde se ha escondido la inspiración? En mi cabeza no paro de escuchar: “tienes que escribir. Tienes que hacerlo”. Me pregunto cuándo las palabras dejaron de ser mi vía de escape y pasaron a ser una obligación. Me entristece ver que hasta las cosas más bonitas pierden la magia. Supongo que hoy estoy torcida y que por eso lo veo todo negro. 

Los celtas veneraban a los árboles porque son una poderosa fuente de energía. Hoy me gustaría hundirme en un bosque y dejar que la naturaleza me atrapara. Cierro los ojos. Me concentro e imagino. Y por unos minutos, consigo transportarme a un recuerdo de hace tiempo, en el que paseo entre árboles de color verde oscuro. Noto como la apatía se aleja un poco. Y a chispazos, aparecen en mi cerebro algunas frases que tienen cierto sentido. Cojo un boli y las pego en un papel. Hay que darse prisa, últimamente mi cabeza es una casa demasiado fría como para que las palabras quieran quedarse a vivir aquí.

Cuando menos me lo espero, aparecen cosas que me hacen continuar con la escritura. Son señales, estoy segura. Este proyecto es una de ellas y estoy feliz de poder participar en él.

01.jpg
02.jpg
03.jpg
04.jpg
05.jpg
06.jpg
07.jpg
08.jpg

La ciudad y las plantas

Me he dado cuenta de que últimamente solo hago fotos con plantas. Mirando mis carretes en los últimos meses soy consciente de hasta que punto es una obsesión.

Paseo por mi barrio cámara en mano, tratando de encontrar la inspiración. Llevo demasiado tiempo sin salir de Madrid. La ciudad me agota, siento que se me escapa el tiempo entre coches y cemento, y gente cansada, y gente que va corriendo a todas partes. 

Pero ahí están las plantas. Las percibamos o no, ocupan cada rincón de la ciudad. Trepando a los edificios,  adornando balcones, sobreviviendo en las glorietas. Me gusta imaginar que un día su crecimiento se descontrola, que se atreven a saltar los límites que se han establecido para ellas, colonizando las aceras y las carreteras, formando una jungla urbana, extraña y salvaje en la que perderse. 

Las plantas no sólo hacen la ciudad  más habitable, la hacen soportable. Creo que para mi, fotografiarlas no es obsesivo, es terapéutico. Una vía de escape, algo que me recuerda que hay vida más allá del hormigón.

La pequeña pieza que cambió el paisaje

En nuestra sociedad hay elementos que se han ido colando  en nuestro paisaje cotidiano hasta transformarlo completamente. Es lo que tiene la civilización y el desarrollo de la tecnología: aparecen en nuestras vidas con una aparente funcionalidad muy concreta, con la promesa de hacer nuestra vida más fácil en determinado aspecto. Sin duda así es.

Lo que nos suele pillar por sorpresa siempre son los “efectos secundarios”, esos detalles aparentemente inofensivos que poco a poco van moldeando nuestro comportamiento de una manera inocente y sin pretensiones. Cuando elevamos un poco la perspectiva desde donde miramos caemos en la cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, ya no “funcionamos” de la misma manera. Un goteo incesante ha horadado la piedra y ha cambiado cómo nos relacionamos con el mundo y con nosotros mismos.  

No pretendo hacer una arenga contra la tecnología en nuestra vida cotidiana. Ya somos mayorcitos para elegir cómo queremos utilizarla y para detectar, antes o después, sus riesgos y virtudes.

Solo pretendo observar el comportamiento humano. Y quiero hacerlo desde el sano ejercicio del ignorante: ¿qué habría entendido yo mismo si viera estas fotos hace 20 años? ¿entendería lo que están haciendo algunas de las personas que aparecen? ¿cómo un objeto puede transformar tanto todo nuestro concepto de la comunicación?, ¿está facilitando ese objeto siempre la comunicación?, ¿mostrar tu vida en redes sociales es el súmmum de la comunicación o es un nuevo concepto velado de exhibicionismo?. O la pregunta que aún a día de hoy sigo sin poder responderme... ¿por qué coño hay personas que no cesan de hacerse fotos a si mismos con poses forzadas?

Son situaciones cotidianas, gestos sin mayor trascendencia, que sin embargo han cambiado nuestra cosmovisión. ¿Podremos llegar a tragar y digerir semejante mordisco a la dichosa manzanita? Por lo que dicen, esto es solo el principio.

Las aclaraciones no deberían ser necesarias

Eso de tener en facebook a gente contraria a mis ideas me gusta, casi diría que me pone, porque cada vez que escriben me dinamitan la cabeza, porque pensaba que ese concepto ya estaba claro. 

Todo esto viene a la siguiente frase: ‘las mujeres que han cambiado el mundo no han tenido que mostrar otra cosa que su inteligencia’... Me hierve por dentro, leerla me enfada, lo veo tan obvio que me resulta difícil explicarlo, pero voy a hablar por mí y mis cercanas, esto es sólo experiencia propia.

vemo 9.jpg

¿Acaso se me ha dejado mostrarla? ¿Acaso se me ha incitado a cuidarla? Pensadlo, desde pequeña he sido más valorada porque me crecieron rápido las tetas que por lo que pensaba, se me enseñó antes a estar físicamente que mentalmente, continuamente era regañada por no ser una señorita, nunca lo he sido, no forma parte de mí. Continuamente educada en cómo mi cuerpo debía estar, sin dejarle ser. Continuamente focalizada en la imagen de lo que debía ser. Pero ¿quién se preocupó en regañarme si no era lo suficiente curiosa? ¿Quién se preocupó en focalizarme en mi pensamiento, en educarlo?

Siempre que he tenido que exponerme a algo donde se iba a juzgar algunas de mis capacidades intelectuales, se me han dicho cosas como ¿vas a ir vestida así? Arréglate ¿no? Así no te van a tomar en serio, deberías ser mas formal, ve más recatada, vas demasiado ceñida, si quieres vamos a comprar algo.

¿Quién se preocupó por si mi discurso era el correcto? ¿O si era mejorable? ¿Quién me dió otras vías donde formarme?

Y me dejé llevar, no conscientemente, simplemente me lo creí, por ejemplo dejé de llevar escote porque con estas tetas ¿quién me va a escuchar, verdad? Me puse hasta vestidos, dejé de disfrutarme para analizarme, me abandoné a mí misma y seguí el discurso que se me pedía, abandonando así mi discurso mental, tenía bastante analizándome a mí, pero nadie se preocupó de eso.

Y ahora, que me he deshecho de todas esas frases, que están como censuradas por mi mente, aunque tristemente siga oyéndolas y ahora que no me da miedo; ¿queréis que desligue mi discurso de mi cuerpo? Lo siento pero no, mi cuerpo fue vuestra arma contra mí y ahora es la mía, ya no cuela más eso de que soy más cuanto menos muestro, ahora sé que soy igual de válida (al igual que todas mis compas) enseñe lo que enseñe, mi discurso no se vacía por la ropa que no lleve, mi carrera profesional no deja de ser profesional por la ropa que yo lleve.

Porque la valía no se encuentra en el exterior, se encuentra en lo que se es capaz de aportar en cada ámbito de la vida, en unos más y en otros menos, que tú no aceptes lo que hay por lo que ves, no es defecto mío aunque me lo hayas hecho comer en su día, esa mierda ya la he expulsado, ahora mi cuerpo es mi hogar y mi arma, para eso va a ser usado, solo por mí.

Y aquí mi bella @_strigoiaca_ haciendo magia.

Cuando se acabe el agua

Dicen que cuando el Tajo estaba crecido las aguas devoraban el Puente del Cardenal, ocultándolo bajo su manto. Hoy esa imagen es imposible de creer.

Es febrero y no ha llovido. Las orillas del río están surcadas por líneas que nos cuentan hasta qué altura llegó una vez. 

Y cómo cada año lleva menos y menos agua. 

Los pilares del Puente del Francés también dan cuenta de la debacle. Hace no mucho tiempo el agua los cubría casi por completo. Ahora, desnudos, muestran sus estrías. 

Sigue sin llover. El Tajo agoniza, ya no es ni sombra de lo que una vez fue. 

Buendía es un erial. Paseando por los lodos que antes cubría el Mar de Castilla vemos conchas incrustadas entre las grietas de una tierra cada vez más seca.

Los restos del embalse de Entrepeñas cuentan la misma historia. La tierra extraña un agua que nunca debió estar ahí. 

Sin darnos cuenta nos volvemos desierto, nos inunda la aridez. El horizonte no es desolador, es terrorífico. Y tú, ¿Qué harás cuando se acabe el agua?

Fascinantes, apetecibles y tiernos

Observar a la gente es algo que siempre me ha gustado hacer. Admirarles en el paso de su día a día, pasando desapercibidos para sí mismos. Me ayuda a mirar al mundo con ternura. Sí, sí… con ternura. A pesar de los desastres, de las guerras, de los malos pronósticos y del resto de motivos para encerrarse en casa agazapado.

Con ternura. 

Me gusta aquello que me hace mirar con ternura el mundo, y la gente, cuando me paro a mirar de verdad a mi alrededor, me la evoca.

Me fascina cómo obviamos nuestra heroicidad cotidiana: cuando madrugamos, cuando desayunamos somnolientos, cuando nos cruzamos en el metro con cientos de personas sin mirarles a los ojos,  cuando convertimos nuestro ruido mental en la única música que escuchamos durante horas, cuando nos desplomamos frente al televisor después de cenar agotados ya tras la jornada…

Fascinantes. Apetecibles. Tiernos…

Si crees que lo que digo es una chorrada te invito a hacer un viaje a un país que no tenga nada que ver con el tuyo. Un lugar que no tenga ninguna referencia a tu rutina diaria ni a tu visión del mundo. Ya verás como te parecerá fascinante cualquier gilipollez que observes a tu alrededor… Nada como no entender del todo lo que está pasando a tu lado. Milagrosa cura, oye.

Mirarías a todas partes, callado y sorprendido, sonreirías para tus adentros e inevitablemente todo te parecería

                                         fascinante,

                                                            apetecible,

                                                                                 y tierno.

Hasta salivarías hambriento de Vida.

Repasando un viaje a Vietnam que hice en el 2014 he recordado esas sensaciones de las que hablo. Hacía un calor insoportable y no paraba de sudar,  pero nada como no entender del todo lo que está pasando a tu lado.

Milagrosa cura.

¿Lo llamarías azar?

Supongamos que durante años has estado haciendo algo que no sabías muy bien por qué lo hacías. No hablo de lo típico que se dice cuando no entiendes muy bien el motivo por el que lo haces, pero sientes que algo hay. Hablo de estar completamente perdido, de hacerlo simplemente porque puedes.

Imagina que el que fabrica puzzles, en vez de hacer el dibujo y luego trocearlo, empezara por las piezas y luego viera que sale. 
Con la suerte de que encima le encaja.

Imagina que ni siquiera supiera que está fabricando un puzzle. Simplemente hace recortes y los va guardando en una caja. 

Imagina que ni siquiera pensaba que los estuviera guardando, más bien que los estaba tirando en un cubo de basura porque eso no servía para nada.

Y que un día alguien abre el cubo para tirar ahí su pieza. Y de repente todo encaja.

¿Lo llamarías azar? ¿Lo llamarías constancia?

¿Y si te digo que sí, que este trabajo va sobre piezas que encajan juntas, pero no sólo visualmente?


PD: Si estás viendo este post en el móvil, lo siento, te estás perdiendo la mitad del puzzle.

Gracias Kate, Aziza, Eva, Sam, Irene, Alba, Ana, Mery, Sel, Annie, Jules por dejarme probar hasta cuando no sé lo que hago.

Más:

Vorágine.

No sé si tengo algo que decir, creo que estoy vacía, luego vuelvo a mirar y todo es un tornado, solo que estoy en el centro, ¿puede estar más usada esta metáfora?

Me enfado una y otra vez. En silencio. Por dentro. Desde el centro del huracán y el ruido de su vorágine se lleva mis gritos al lado oculto de la luna, donde nada se puede escuchar, quizás es por eso que no tengo nada que decir, porque ya todo se ha ido.

Mientras el viento me mece, me doy cuenta de que no estoy sola, hay gente alrededor, pero ¿qué aportan?

La respuesta no llega, el viento no me la quiere dar, ellos no contestan, solo intentan hablar de sus temas vacíos, de sus interés más cercanos y nunca de nada ajeno a ellos y ahí nos quedamos todos, en la zona de confort.

Es por eso que me separo, no son recipiente adecuado para mi llanto, no son mala gente, pero no son para mí, necesito irme, necesito no estar cerca de gente vacía, porque termino creyéndome que la vacía soy yo. Aunque quizás sea así.

Y esta preciosa sesión es gracias al lindo girasol de @heyitsjules_ con la que fue todo un placer compartir la mañana y me regalo una linda polaroid, además de estos bonitos recuerdos.

Grados de tolerancia

El 'Deberías sacar mas cosas', junto al 'con el arte que tienes y te estas desperdiciando' y por último un implacable 'ya no triunfas porque no eres constante'.

Intentan que el arte (o lo que coño sea este desahogo) esté supeditado a otras personas, a los 'clientes' y que tú produzcas para ellos, que te sientas culpable si no cumples como si pudieras valer menos por ello.

Es ese momento en el que entro en crisis existencial, ¿quiero triunfar? lo jodido es que la respuesta es obvia y es no, no hago na' por los clientes, lo hago por mi alma y nadie debería creerse con derecho a exigirme a secarme el alma.

Y miro alrededor y veo un colectivo que no sabe defenderse y se hunde en la vorágine de vértigo de creación de contenido a la que nos expone la virtualidad del arte.

No sé que decir con esto, me he obligado a escribir esto por el 'se lo debo' y así es como las cosas no salen, sólo noto mis manos queriendo alejarse del teclado, solo noto que esta no soy yo, que me estoy traicionando.

Pero, todo el mundo lo hace ¿no? crear-destruirse-crear-destruirse, el puto bucle de la existencia, pero ¿qué pasa si coges la curva demasiado rápido?

Siempre he sido una mujer muy autodestructiva, pero pretendéis que sea una bomba atómica y rompa lo único que un dia protegió mi alma.

Lo siento, no seré yo quien le coja tolerancia a la fotografía, porque sea lo que hace todo el mundo.

Estas fotos son gracias a @haabibii/@lagatitapurpurina siendo demasiado bella para esta vida con los pinceles de @serpiente.muah y la inestimable compañia del serpabello afilapalos @miki_mahou

El ojo versus la memoria

Uno tiende a mirar el pasado lejano y verlo siempre manso y tranquilo. Afortunadamente hace ya tiempo me curé de la insana costumbre de  mirar atrás con añoranza y regodearme en recuerdos edulcorados con la distancia.

No obstante hoy querría compartir rincones de un lugar plagado de risas, días largos y apacibles y atardeceres acompañados con una sinfonía de insectos.  Es una casa en la que siendo niño pasé varios veranos y recientemente he tenido la oportunidad de volver a visitarla .

A pesar de que la casa ha cambiado (ha envejecido, digámoslo claramente), he podido reconocer todos esos rincones que guardan un momento especial. Uno ya no sabe si son espacios físicos o recovecos en el corazón que todavía atesoran sensaciones  difuminadas por los años de distancia: el cuerpo secándose al sol tras el baño, el azul del cielo que se hacía infinito sobre nuestras cabezas, el grato cansancio tras haber estado buceando una y otra vez hasta llegar a tocar el fondo de la piscina, la piedra caliente sobre la que caminas descalzo, el follaje donde pájaros e insectos buscan refugio,  el olor de la comida preparándose en la cocina, el limonero y su aroma, los árboles como guardianes atentos a nuestros juegos, el espectáculo del ocaso como ritual para finalizar el día. En fin, esos eternos veranos, elásticos e inagotables, en los que te daba tiempo incluso a tener nuevas ganas de comenzar el curso escolar.

Contemplo hoy todos los rincones donde esto aconteció. Nada queda de ellos. Sólo mi amable recuerdo.

No me da pena, no siento pérdida. Aproveché el momento ¿qué quedaría por añorar? Nada.

Las risas siguen sonando, incluso  en mitad del frío y del escombro.  Puede costar oírlas pero es sólo cuestión de paciencia. Saldrá nuevamente el sol, calentará los cuerpos y la brisa. Antes de que te des cuenta se te caerá de la boca una sonrisa tímida.

¿Puedes oírlas  en las fotos?

Quizá sería más apropiado preguntar: ¿puedes oírlas a pesar de las fotos?